Un fenómeno social creciente muestra que muchos adultos postergan la independencia habitacional por economía, cultura familiar o comodidad.
En los últimos años creció un patrón social donde los adultos siguen viviendo en casa de sus padres más allá de la etapa esperada de independencia. Este fenómeno, denominado “adultescencia”, responde a una mezcla de motivos económicos, culturales y de condiciones de vida, y ya se está analizando en diferentes ámbitos sociales y académicos.

Qué es la “adultescencia” y por qué se transformó en fenómeno
El concepto de “adultescencia” describe a adultos que, aunque ya superaron la mayoría de edad, no logran o no desean abandonar el techo familiar. No se trata solo de vivir en casa tras terminar los estudios, sino de una permanencia prolongada sin un plan claro de emancipación.
Expertos señalan que la combinación de dificultades para acceder a una vivienda digna y la precariedad laboral complica que muchos jóvenes puedan alquilar o comprar por su cuenta. En contextos donde los salarios no crecen al ritmo de los gastos básicos, permanecer con los padres se vuelve una alternativa viable para sostenerse económicamente.
También influye una elección cultural: para algunos, quedarse en casa representa comodidad y una red de apoyo, donde los costos y ciertas responsabilidades están compartidos. Esta realidad, aunque familiar, difiere de épocas anteriores donde la independencia se daba más rápido.

Factores económicos detrás de vivir con los padres
Según el análisis, una causa principal es el costo elevado de alquileres y servicios, que absorbe una gran parte del salario promedio y limita las posibilidades de emancipación.
La precariedad laboral también juega un rol clave. Contratos temporales, ingresos inestables o empleos informales dificultan ahorrar para mudarse, lo que empuja a muchos adultos a seguir en el hogar familiar mientras intentan consolidar su situación económica.
Además, este patrón tiene impacto en el mercado laboral y en las decisiones personales: al no sentir la presión de pagar un alquiler elevado, algunos profesionales aceptan trabajos menos estables o con menor salario que si vivieran solos.

Impacto en la convivencia y en las familias
La convivencia prolongada con los padres puede generar tensiones relacionadas con límites, espacio y roles. La presencia de varios adultos bajo un mismo techo obliga a negociar responsabilidades, horarios y decisiones económicas que antes eran individuales.
En muchos hogares, esta dinámica modifica la privacidad y las expectativas de autonomía, ya que tanto jóvenes como padres deben adaptarse a ritmos de vida distintos.
También puede influir en las relaciones intergeneracionales: para algunos jóvenes, permanecer en casa más tiempo genera sensación de estancamiento, mientras que los padres pueden sentir la presión adicional de sostener a más integrantes del hogar.
Comparaciones y contexto global
Este tipo de convivencia prolongada no es exclusivo de un país. En otras sociedades, fenómenos similares tienen nombres como “Boomerang Generation” —adultos que regresan al hogar familiar tras un intento de vivir por su cuenta— o “soltero parásito”, usado en Japón para describir a quienes aprovechan los cuidados parentales más allá de la edad adulta.
En Argentina, además, informes recientes señalan que una proporción significativa de jóvenes de entre 25 y 35 años aún vive con sus padres incluso cuando tiene ingresos propios.






