La crecida histórica del río Bermejo ha provocado una de las peores emergencias de los últimos años en la localidad de Morillo, en el norte de la provincia de Salta. El desborde del río, impulsado por intensas lluvias en la cuenca alta, avanzó de manera inusual varios kilómetros fuera de su cauce, anegando comunidades enteras y dejando un panorama devastador. Pobladores advierten que, de repetirse un evento similar, el pueblo podría desaparecer debido a la magnitud del fenómeno y la vulnerabilidad de la zona.
El impacto se extiende a decenas de parajes y comunidades rurales del departamento Rivadavia, donde el agua ingresó con fuerza arrasando viviendas, animales, cultivos y pertenencias. Entre las zonas más afectadas se encuentran El Breal, Zapallar, Curupaití, Buena Fe, El Tartagal, Pozo El Potrero, El Bacán, La Carpa, El Campamento, La Invernada, Alto Alegre, La Pastosa, Pozo El Redondeo, El Colgao, El Sauce, La Represa, El Carbonal, Montevideo, La Laguna, Pozo El Sauce, El Gritao, Pozo El Algarrobo, Porongal, El Espinillo, El Totoral, Dos Yuchanes, Las Vertientes, Los Laureles, La Salvación, La Tosca, El Tala, El Ganzo Atao, Las Palomas, El Sauzal, El Bordo, El Yuto, además de sectores cercanos a Fortín Dragones y zonas limítrofes con Chaco. En todos estos lugares, las familias reportan pérdidas totales o parciales y condiciones extremas de aislamiento.

De acuerdo con los primeros relevamientos, al menos 80 familias resultaron afectadas directamente, aunque el número podría ser mayor debido a la dificultad para acceder a varias comunidades. Los testimonios de los vecinos reflejan la gravedad del desastre: el agua ingresó con tal velocidad que en menos de media hora destruyó viviendas precarias, arrastró animales y dejó a las familias sin posibilidad de rescatar sus pertenencias. “La gente perdió todo, no quedó nada”, relatan, en medio de escenas marcadas por la desesperación y la incertidumbre.

El aislamiento es uno de los principales problemas que enfrenta la región. Los caminos rurales quedaron completamente anegados e intransitables, lo que impide el ingreso de vehículos y dificulta tanto los rescates como la llegada de ayuda humanitaria. Muchas familias permanecen rodeadas por el agua, sin acceso a alimentos, agua potable ni atención médica. Hasta el momento, al menos 20 personas fueron evacuadas, mientras continúan los operativos para asistir a quienes siguen atrapados en zonas de difícil acceso.

La falta de recursos logísticos agrava aún más la situación. Pobladores y voluntarios coinciden en que la necesidad más urgente es contar con lanchas para poder llegar a los parajes más alejados. “Hay lugares donde no se puede entrar si no es por agua”, advierten, señalando que la ayuda existe pero no puede ser distribuida de manera eficiente debido a las limitaciones operativas. En algunos casos, la asistencia solo puede realizarse por vía aérea, lo que retrasa la llegada de insumos esenciales.

A pesar de que las autoridades municipales y provinciales activaron protocolos de emergencia y desplegaron equipos de defensa civil, salud y seguridad, la magnitud del desastre supera la capacidad de respuesta. Las grandes distancias, la dispersión de las comunidades y el colapso de las rutas complican la logística y ralentizan las tareas de asistencia, generando preocupación entre los pobladores que esperan ayuda urgente.

En paralelo, la solidaridad de la población comenzó a movilizarse. Campañas impulsadas por vecinos y referentes sociales lograron reunir donaciones económicas y bolsones con alimentos, agua, repelentes, linternas y otros insumos básicos. Sin embargo, el principal desafío continúa siendo el traslado de estos recursos hacia las zonas afectadas, donde muchas familias siguen incomunicadas.

El impacto económico y social es devastador. La pérdida de animales representa un golpe crítico para las familias rurales, que dependen de la ganadería para subsistir. A esto se suma la destrucción de viviendas y la interrupción de actividades esenciales como la educación y el acceso a servicios básicos, especialmente en comunidades indígenas y parajes alejados.
Mientras el nivel del río continúa en monitoreo constante, la incertidumbre crece ante la posibilidad de nuevas lluvias en la cuenca alta. Las autoridades advierten que el escenario sigue siendo inestable, lo que podría generar nuevas crecidas repentinas y agravar aún más la situación en los próximos días.

En este contexto, el temor de los habitantes se resume en una advertencia contundente: “Otra inundación así y Morillo podría desaparecer”. La frase refleja el drama de una comunidad que hoy enfrenta no solo una emergencia climática, sino también el riesgo real de perder su territorio, su forma de vida y su futuro ante la fuerza imparable de la naturaleza.
Redacción: Leo Estrada Solis






