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Cofruthos y el silencio de los cajones vacíos: cuando el tomate se pudre y el mostrador apaga sus luces

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En los pasillos de los mercados concentradores, el crujido de los cajones al moverlos contrasta con un silencio inusual: el de la falta de clientes. La actividad frutihortícola atraviesa un período crítico de ventas en caída libre, un fenómeno desgastante que ya no se limita a un sector regional, sino que expande sus esquirlas a lo largo y ancho del país. La parálisis impacta con fuerza implacable en cada eslabón de la cadena, desde los productores que ven peligrar su cosecha en el campo hasta los pequeños verduleros que intentan sostener el mostrador de barrio.

El diagnóstico de la parálisis

No se trata de un tropezón pasajero ni de una grieta aislada. Juan Russo, presidente del mercado concentrador Cofruthos, advirtió sobre la gravedad del escenario:

“El nivel de demanda se ha mantenido en niveles drásticamente bajos durante el último año.”

En declaraciones a la prensa el dirigente remarcó que el problema ahoga por igual al mayorista y al minorista, configurando una recesión prolongada que no da tregua.

La carrera contra el reloj (y la podredumbre)

A diferencia de otros rubros, el comercio de frutas y verduras enfrenta un enemigo implacable: el tiempo. La naturaleza perecedera de la mercancía agrava dramáticamente la crisis económica.

Alimentos sensibles como el tomate no esperan a que la demanda se recupere. Si no se venden a tiempo, la descomposición es inevitable.

Cada kilo que se tira a la basura representa un golpe financiero directo a la espalda de comerciantes y productores.

Para no perderlo todo, el desespero ha obligado a tomar medidas extremas. En diversos puntos del país, algunos puesteros llegaron a vender mercadería por debajo de su costo real, prefiriendo el remate antes que ver el producto podrido en el suelo.

El impacto social ya es visible en las calles. Incapaces de absorber los gastos fijos de alquiler y servicios frente a un stock que se arruina sin salida, numerosos verduleros de barrio han bajado sus persianas de forma definitiva, viéndose forzados a emigrar hacia otras actividades para sobrevivir.

Los números confirman la magnitud del naufragio: las ventas de frutas y verduras han registrado una caída cercana al 50% en comparación con el año anterior, según estimaciones del propio titular del mercado salteño. Un desplome histórico que mantiene en alerta roja al comercio popular.