Martina Bellucci tiene 27 años y relata sin filtros los preparativos y el posoperatorio de la operación que se realizó hace un poco más de un año. “La gente piensa que es cortar y listo”, advierte
Martina Bellucci nació con un cuerpo al que tardó años en poder renunciar. Creció en Tafí Viejo, un pueblo a 12 kilómetros de la capital tucumana, entre hermanas, primas y una energía que, según ella misma dice, “siempre se notó, nunca la pude ocultar”.
A los 18 empezó el tratamiento hormonal. A los 21 se mudó a Buenos Aires. Y en febrero de 2025, a los veintiséis años, se acostó en una camilla y se quedó dormida con un cuerpo. Cuando despertó, tenía otro.
La operación de reasignación de sexo es uno de los procedimientos más discutidos, más malentendidos y menos explicados del sistema de salud argentino. Martina habla de eso sin eufemismos y sin drama. Habla de los tornillos que tiene en la mandíbula, de las dilataciones que hace cada dos semanas, del gel con lidocaína de los primeros días, de la primera vez que tuvo sexo después de la cirugía y de cómo hoy lo disfruta “al cien por cien”. Habla, sobre todo, de algo que pocas personas en su lugar se animan a contar con esta precisión. Cómo funciona, exactamente, el cuerpo que eligió tener.
Qué pasa dentro del quirófano: siete horas, morfina y un tutor de algodón
El día anterior a la operación no se come nada después de las seis de la tarde. Se toman laxantes. Se va al baño cada dos por tres hasta quedar, en palabras de Martina, “transparente, literal”. El colon tiene que estar vacío porque la cirugía trabaja en una zona donde todo está cerca y cualquier contaminación es un riesgo.
Al otro día, quirófano. La operación dura entre siete y ocho horas.
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El día anterior a la operación no se come nada después de las seis de la tarde. Se toman laxantes. Se va al baño cada dos por tres hasta quedar, en palabras de Martina, “transparente, literal”
“Entrás a quirófano, son más o menos siete, ocho horas de cirugía. Después te despertás, estás en la cama con las piernas abiertas y no sentís nada porque estás con morfina”, cuenta en diálogo con Infobae.
Lo que la mayoría no sabe es que al despertar hay algo adentro. Un preservativo relleno de algodón con forma fálica que se introduce en la nueva cavidad para mantenerla abierta durante los primeros días. Su función es estructural. Su efecto, agotador.
“Tener eso adentro todo el tiempo te da ganas de ir al baño, porque está haciendo presión en los intestinos. Antes no había ese espacio y no estaba rellenado de nada. Entonces ese coso que te ponen adentro te da todo el tiempo ganas de ir al baño”, explica.
Martina estuvo cinco días internada con las piernas abiertas, sin poder incorporarse, con sonda urinaria. La tercera noche fue la peor.
Cuando llegó el alta, los médicos le pidieron que orinara para verificar que la uretra reubicada funcionaba. Recién entonces la mandaron a su casa.
“El postoperatorio es feo, no es lindo. Es una cirugía mayor. Eso hasta el mismo cirujano lo dice”, dijo a Infobae.

La vaginoplastia trabaja con el tejido existente. Los testículos se retiran porque no tienen función en la nueva anatomía
Lo que la cirugía hace: reconstrucción, no amputación
El mayor mito que rodea a esta operación es que se trata de una amputación. No lo es.
“La gente piensa que hacerse la reasignación de sexo es como que te cortan y ya está. No era solamente cortarle y ya está, o que te hagan un hueco, como dicen. Yo me quedé con lo que tenía”, le dice a Infobae.
La vaginoplastia trabaja con el tejido existente. Los testículos se retiran porque no tienen función en la nueva anatomía. El resto se redistribuye y reconstruye. “Con los mismos tejidos hacen la vagina. Lo demás se lo usa para hacer lo que son los labios mayores, menores, el clítoris, la uretra por donde hacés pis”, explica.
El clítoris se construye a partir del glande del pene. “El clítoris de la mujer es como un micropene. Una mujer, de hecho, cuando se excita, el clítoris sale hacia afuera”, explica Martina. La sensibilidad, por lo tanto, no se pierde. Se reubica.
La uretra también se interviene. Se corta y se reposiciona para que la función urinaria quede integrada en la nueva anatomía.
Uno de los riesgos que el cirujano le explicó en la consulta previa fue la necrosis. Lo que significa que el tejido trasplantado se muera. “Por ejemplo, el clítoris”, dice Martina. “El urólogo sabe todo lo que es el aparato reproductor. No pueden ir a hacerse esta cirugía con un médico que hace cirugía plástica. Nada que ver”, advierte.

Uno de los riesgos que el cirujano le explicó en la consulta previa fue la necrosis
Las dilataciones: cuatro veces al día, de por vida
Cuando Martina llegó a su casa después de la internación, empezó la parte que describe como “lo peor” y “la parte más engorrosa” de todo el proceso. No por dolor, sino por la disciplina que exige.
Para que la cavidad vaginal recién construida no se cierre, es necesario mantenerla abierta de forma mecánica y sostenida. El médico entrega tres dilatadores de acrílico de distintos tamaños, del más fino al más grueso. No son vibradores. Son instrumentos lisos y fríos.
“Tenés que introducirlo, hacer presión hacia el final. Después tenés que hacer unos movimientos tipo aguja del reloj”, explica a Infobae, mientras gesticula con sus manos.
Durante los primeros seis o siete meses, las dilataciones son cuatro veces al día. Para las primeras semanas, los médicos proveen un gel con lidocaína, un anestésico local. “No duele. Tampoco lo padecés”, revela. Pero tampoco se disfruta. “Es un coso frío, de acrílico, sin forma, blanco. No se disfruta”, aclara.
La dilatación es de por vida. Lo que cambia con el tiempo es la frecuencia. A partir del tercer o cuarto mes, los médicos habilitan las relaciones sexuales, y una vida sexual activa reemplaza en gran parte la necesidad de dilatar mecánicamente. Martina, hoy, se hace una cada dos semanas.

Durante los primeros seis o siete meses, las dilataciones son cuatro veces al día
La primera vez que se vio al espejo
La recuperación visual fue gradual. Y al principio, no fue lo que esperaba.
“Cuando el cirujano me la mostró por primera vez, lo miré y me dijo: ‘Tranquila, esto no va a quedar así’. Eran como dos patys así pegados, eran una cosa fea – cuenta Martina. Semana a semana se iba viendo más linda.”
“Disfruto mucho de mi cuerpo hoy. De todo lo que me hice, es la mejor. La más importante, la que más me generó cosas lindas.”
El sexo después de la operación: nervios, tiempo y confianza
A partir del tercer o cuarto mes postoperatorio, el médico habilita las relaciones sexuales. Martina esperó seis meses. Seguía en pareja con su exmarido cuando ocurrió. “La primera vez no fue muy linda. Estaba nerviosa. Era una sensación nueva”, admite.
Sobre el placer en términos más amplios, Martina es directa. Siente más que antes. “Antes no era muy de usar esa parte. Pero en mi caso, yo no tengo quejas. Al contrario”, dice.
El tiempo y la confianza hicieron el resto. “Hoy en día tengo relaciones y las disfruto al cien por cien, porque ya estoy canchera, tengo confianza. Como que ya la dominás”, explica sin filtros.

Sobre el placer en términos más amplios, Martina es directa. Siente más que antes
Las consecuencias orgánicas de no tener testículos
Sin testículos, el cuerpo deja de producir la mayor parte de su testosterona. Las glándulas suprarrenales generan una cantidad mínima, pero el cambio es significativo. La principal consecuencia es la descalcificación ósea, el mismo proceso que ocurre en las mujeres durante la menopausia.
“Imaginate que un cuerpo que está acostumbrado a generar testosterona biológicamente es como que lo puede golpear un poquitito más”, explica. La solución es el monitoreo periódico. “Se soluciona haciendo un chequeo cada tanto, como cualquier persona debería hacer.”
La infancia en Tafí Viejo y los primeros años de la transición
Tafí Viejo no es Tafí del Valle, que está en las sierras. Martina lo aclara enseguida, con el orgullo tranquilo de quien extraña un lugar aunque ya no viva ahí. Es una ciudad de unos 70.000 habitantes, con talleres ferroviarios en desuso.
Creció ahí con su madre, dos hermanas —Micaela y Jessica— y un hermano mayor. Su padre murió cuando ella tenía 12 años. La familia era conocida en el barrio. Martina trabajó de moza desde joven.
“Me conocía mucha gente del lugar y como que me ganaba ese respeto porque tampoco nunca fui maleducada ni nada con nadie”, cuenta
La identidad femenina no fue una revelación tardía. Estuvo desde siempre. Su madre recuerda cosas que Martina ni siquiera retiene en la memoria. “De forma natural me salían”, dice. “Por ejemplo, ponerme ropa de mis hermanas o simular que tenía pelo largo con trapos en la cabeza. Lo tenía como muy naturalizado”, cuenta.
Durante la adolescencia lo tapó como pudo. Salió con chicas “más que nada para que los demás” no preguntaran. En casa nadie tocaba el tema. Su madre imaginaba que podía ser gay. No se imaginaba lo que vendría después.
A los 18 años, recién salida del secundario, Martina empezó el tratamiento hormonal en Tucumán. No trabajaba. Su madre, que al principio no estaba de acuerdo, terminó siendo quien le compraba las hormonas cuando todavía no eran gratuitas. El detonante fue una noche en que Martina llegó a su casa después de que la negaran la entrada en la puerta de un boliche. Sus amigas habían entrado. Ella no. Le dijeron que volviera a su casa, que se vistiera de hombre y que regresara.

Fue su hermana mayor quien la llevó a terapia, cuando notó que Martina estaba mal
Fue su hermana mayor quien la llevó a terapia, cuando notó que Martina estaba mal. El espacio no fue para cuestionar la identidad sino para encontrar las palabras con que contárselo a la familia. Y la madre, aun sin estar del todo de acuerdo, la acompañó a la farmacia.
El hermano mayor fue paradójicamente uno de los primeros en tomar posición. “Hay que apoyarla, hay que darle contención porque es nuestra familia, es nuestra hermana, es nuestra hija”, cuenta Martina. Su tía paterna, que vivía con ellos y fue “como una segunda mamá”, tuvo una reacción distinta. Cuando Martina le contó lo de la transición, la mujer la miró y le dijo: “Mirá, yo te quiero, te acepto todo como sos, pero a mí no me pidas plata para cirugías.”
El sobrino Liam fue quien lo procesó con mayor velocidad. La abuela intentaba explicarle por qué Martina se llamaba distinto y se vestía distinto. Antes de que terminara, el nene dijo: “Ah, bueno, porque es una chica ahora.” Y siguió jugando.
De Tucumán a Buenos Aires: Instagram, una pareja y seis años de vida compartida
A los 21 años Martina se mudó a Buenos Aires. No vino a estudiar. Vino porque había conocido por Instagram a un hombre de la ciudad. Estuvieron mucho tiempo hablando por redes y por llamadas hasta que él le pagó el pasaje. Cuando lo conoció en persona, se quedó.
Él tenía 42 años cuando se conocieron. Ella, 21. Sabía todo sobre su identidad desde el principio.
Convivieron. Después se casaron. Él la acompañó en cada cirugía, desde las primeras hasta la última. Durante varios años Martina no trabajó; él se hacía cargo de todo. Reconoce que eso generó una dependencia que después le costó desarmar. “Cometí el error también de quizás quedarme ahí como muy cómoda”, dice. Desde 2023 trabaja en una oficina en Buenos Aires.

En 2023 entró al Ministerio de Salud, al área de salud sexual y reproductiva
La separación llegó después de la operación de reasignación de sexo. Estuvieron juntos seis años. Hoy son amigos. Él le dejó disponible un departamento cuando se separaron.
La decisión de operarse
La idea de operarse estuvo desde la adolescencia. Muchas mujeres trans deciden no hacerlo. Martina tiene una lectura concreta sobre por qué.
Primero, la falta de información real. “No se dejan llevar con lo que dice una persona que no tiene idea y que nunca lo pasó”, dice. Segundo, los recursos económicos. La operación de Martina costó USD 20.000.
Tercero, y esto es lo que menos se dice en voz alta: el mercado del trabajo sexual. “Si vos te lanzás al mercado de la prostitución, pero mujer trans, con pene, y vas a facturar con eso. Y te vas a hacer tu clientela por eso, porque todos te buscan por eso. Entonces, por ahí capaz que te operás y no vas a trabajar igual”, explica.
Las otras cirugías: feminización facial, implantes y tornillos en la mandíbula
La reasignación de sexo fue la última de una serie de intervenciones. La primera fueron los implantes mamarios. Después vinieron los implantes de glúteos. La rinoplastia. Y la cirugía de feminización facial, que incluyó frente, mentón, mandíbula, nariz y órbitas oculares.
“Literal, te abren de oreja a oreja, te bajan todo así y te trabajan todo lo que son los huesos, porque el varón tiene como los huesos más marcados. Como que te liman todo”, explica. El resultado incluye tornillos en la frente y la mandíbula que sostienen los fragmentos óseos reposicionados.
También se hizo un lifting de labios, que acorta la distancia entre la nariz y el borde del labio superior. El relleno labial se absorbe con el tiempo y requiere retoques. Martina está pensando en uno pronto. “Algo sutil.”

Hace tres meses abrió una cuenta de OnlyFans. Lo hizo por curiosidad y porque los seguidores se lo pedían
Trabajo, OnlyFans y la tentación del trabajo sexual
El trabajo de oficina le gusta. Pero no se imagina en relación de dependencia para siempre. “Me veo siendo dueña de algo. Me gustaría tener mi marca de ropa”, se ilusiona.
Hace tres meses abrió una cuenta de OnlyFans. Lo hizo por curiosidad y porque los seguidores se lo pedían. Reconoce que no le está dedicando el tiempo que requiere. “Para laburar bien el Only tenés que laburar muy bien tus redes también. Todo el tráfico viene de las redes”, sostiene.
La tentación del trabajo sexual como escort es algo que Martina nombra sin evasivas. “Esa tentación siempre estuvo. No te voy a mentir, está siempre, al día de hoy también. ¿Por qué? Porque ofrecen mucha plata”, dice. Pero hasta ahora eligió otro camino.
Lo que sí señala, con una mezcla de incomodidad y comprensión, es lo que le pasa a algunas amigas que trabajan de escorts desde hace años. “Me dicen que no pueden tener ya relaciones con hombres sin que haya dinero de por medio – confiesa la joven-. Yo creo que si yo fuese escort igual lo haría. Una cosa es el trabajo y otra cosa es alguien con quien generás algo.”
Antes de operarse había una foto. Ropa de varón. Dieciocho años. Hormonas recién empezadas. “No me sentía a gusto. No me sentía cómoda con ese cuerpo”, admite.
Esa incomodidad, esa distancia entre el cuerpo y la identidad, es lo que la cirugía cerró. No de golpe. No sin dolor. No sin cuatro dilataciones diarias durante meses, sin tornillos en la mandíbula y sin cinco días con sonda en una cama de hospital.
Pero la cerró. Y en su lugar dejó un espejo que ya no incomoda, y la certeza de que “no hay nada más hermoso que ser lo que uno quiere ser, siente ser y no caretearla”.







