Nunca huyó lejos. La trama de miedos, apoyos informales y omisiones que sostuvieron la fuga del principal acusado por el femicidio de Natalia Cruz en la precordillera salteña.
La detención de Daniel Orlando Serapio en una cueva cercana a la estación ferroviaria de Diego de Almagro cerró una intensa búsqueda de 11 días. Pero con la captura comenzó otra investigación paralela: la del entramado de silencios y posibles asistencias que habrían permitido que el acusado se mantuviera oculto sin abandonar realmente la zona.
Los investigadores sostienen que el prófugo nunca tomó gran distancia. Se movió entre El Alisal —a unos 10 kilómetros de Campo Quijano— y la zona precordillerana cercana a la estación Diego de Almagro, alejada de la ruta nacional 51 pero dentro de un territorio que conocía con precisión por su trabajo ferroviario.
El silencio que sostuvo la fuga
En los parajes dispersos entre San Bernardo de las Zorras, Almagro y sectores recónditos de la precordillera viven pocos pobladores permanentes. Allí, las relaciones personales pesan y el temor también.
Según coinciden investigadores y algunos vecinos, el silencio fue un factor determinante. No necesariamente por lealtad, sino por miedo. En zonas aisladas, hablar puede tener consecuencias.
Serapio no era un desconocido. Compraba animales, participaba de reuniones y celebraciones locales. Para muchos era un hombre con presencia en la región. Ese conocimiento del terreno y del entramado social le habría permitido sostener su permanencia sin levantar sospechas inmediatas.
Una red informal bajo la lupa
Las pesquisas ahora intentan reconstruir una presunta cadena de apoyos. En los primeros días, la ayuda habría provenido de familiares. Más adelante, algunos lugareños habrían evitado aportar información precisa desde el inicio, lo que retrasó el cierre definitivo del cerco.
Versiones recogidas en la zona indican que el martes previo a su captura habría recibido una última asistencia, presuntamente de una mujer. Después de ese episodio, el margen de movimiento se redujo drásticamente.
El reclamo público de familiares y vecinos de Natalia Cruz, que incluyó un corte sobre la ruta nacional 51, marcó un punto de inflexión. A partir de allí, los operativos se intensificaron: rastrillajes más continuos, controles permanentes y mayor presencia de fuerzas de seguridad comenzaron a limitar las posibilidades de escape.
Pobladores aseguran que la Policía ya había recorrido esos sectores con anterioridad y que incluso habían aportado datos, aunque señalan que los procedimientos eran breves y sin continuidad. “Iban y volvían, pero él seguía moviéndose en la sombra”, describió un vecino.
El final en la cueva

Cuando finalmente fue localizado en una cueva de difícil acceso, Serapio estaba visiblemente abatido. Los días de fuga, la presión creciente y el desgaste físico habían deteriorado su estado.
Según trascendió, habría esperado una última ayuda que nunca llegó. Nadie sabe quién debía brindarla ni por qué falló. Ese detalle —creen los investigadores— podría ser clave para determinar si existió una red de encubrimiento.
Mientras la causa principal avanza por el femicidio de Natalia Cruz, la Justicia analiza posibles responsabilidades penales por encubrimiento agravado para quienes hayan colaborado con la fuga.
La captura cerró una etapa visible de la búsqueda. La trama silenciosa que la sostuvo, en cambio, recién empieza a investigarse.






