En esta segunda entrega, seguimos repasando la década del 70, la más violenta del siglo XX. Revisaremos los hechos que concluyeron con el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón y la llegada del gobierno militar.
El oficio del historiador, en su tarea de relator del pasado y divulgador de episodios, obliga muchas veces a esforzarse por plantear un contexto que permita comprender hechos que, en general, revisten una complejidad que no puede ni debe simplificarse. También es cierto que la ética profesional impone la obligación de presentar los hechos desprovistos de las interpretaciones que luego llegarán. A su vez, la tarea de investigación se encuentra bajo el imperio de la honestidad intelectual de abarcar todos los hechos, incluso aquellos que no resultan simpáticos, y de tratar de presentar en el relato histórico un panorama completo de un pasado que explique el presente y ordene la construcción del futuro. Este comentario se refiere, sobre todo, a esos tiempos extraños de la década del 70.
El tránsito por épocas en las que la subordinación del relato histórico a la coyuntura política ha alejado una comprensión acabada de los acontecimientos llevó a convertir a la década de 1970 en la más violenta del siglo XX argentino. Con ese espíritu continuamos recorriendo los hechos centrales que concluyeron con el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón y dieron lugar al Proceso de Reorganización Nacional.
La decisión del Golpe de Estado
El 5 de octubre de 1975 se produjo el primer ataque del Ejército Montonero —por primera vez llamado a sí mismo de esa manera— contra una guarnición militar: el Regimiento 29 de Infantería de Monte, en Formosa. Vale destacar que, en ese hecho, los guerrilleros usaron uniformes con grado militar y describieron lo actuado como un “enfrentamiento contra el ejército contrarrevolucionario de ocupación”, denominación que daban al Ejército Argentino. La sorpresa de los atacantes, que esperaban contar con la ayuda de los conscriptos -los héroes de la jornada al rechazar el ataque—, terminó en una retirada que incluyó 25 muertos y el secuestro de un avión de Aerolíneas Argentinas, que resultó destruido luego de un aterrizaje forzoso en medio del campo, al noroeste de la provincia de Santa Fe.
Esto marcó un límite para las Fuerzas Armadas, cuyos comandantes fueron presionados por los mandos medios y altos para tomar medidas drásticas. El 13 de octubre se reunieron los tres comandantes generales: el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Héctor Luis Fautario. La reunión estaba prevista, en principio, para resolver los ascensos militares de fin de año. Tras un cuarto intermedio, el 17 de octubre, a bordo de un yate en el delta del Paraná, Videla y Massera, respondiendo a los pedidos de generales y almirantes, pusieron en marcha el golpe. El gran obstáculo era la resistencia de Fautario a participar.
Videla, según su propia versión, solicitó una reunión con la presidenta Martínez de Perón para pedir su propio retiro, ante la imposibilidad de cumplir el compromiso que había asumido en agosto de 1975: mantener la institucionalidad frente a la presión del generalato en favor de un golpe de Estado. Para su sorpresa, la primera mandataria le habría pedido que siguiera, porque algún otro “sería peor que usted”. Falta el testimonio de Isabelita que corrobore o desmienta este hecho.
El anticipo del golpe en diciembre de 1975
El 18 de diciembre de 1975 se produjo una sublevación en la Fuerza Aérea, encabezada por el brigadier Orlando Capellini, quien exigió el relevo de Fautario —tomado prisionero por los rebeldes— y la renuncia de la presidenta Martínez de Perón. Durante los cuatro días que duró la rebelión quedó claro que el poder político no tenía forma de combatir una asonada militar. La caída de Fautario produjo su reemplazo por Orlando Ramón Agosti el mismo día del inicio de la sublevación. Agosti había sido compañero de Videla en el Colegio Militar, poco tiempo antes de la creación de la Fuerza Aérea Argentina, cuando el arma aérea dependía del Ejército.
Ese mismo día 18, en Tucumán, se produjo el relevo del comandante de la Brigada del Ejército, general Acdel Vilas, por el general Antonio Domingo Bussi. El discurso de este último es escalofriante: “Debo decirle, general, que no me ha dejado nada por hacer”, en referencia al éxito militar del Operativo Independencia, respaldado, a su vez, por los senadores que habían visitado el Jardín de la República unos días antes.
Pocos días después, el 23 de diciembre, en el operativo guerrillero más importante de la historia argentina, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) intentó copar el Arsenal Militar de Monte Chingolo, en el Gran Buenos Aires, mediante un despliegue que implicó a más de ciento cincuenta combatientes, enfrentados por la guardia militar de la dependencia. Los muertos superaron el centenar entre guerrilleros, militares y civiles. Fue la derrota definitiva del ERP, aunque todos sus jefes sobrevivieron.
Con Videla, Agosti y Massera en la cumbre del poder militar, comenzó a correr el reloj que culminaría con el derrocamiento de Isabel Perón el 24 de marzo de 1976, fecha establecida seis meses antes. Nunca un golpe de Estado fue tan anunciado y organizado como este, que la historia establecería como el último. En 1983 terminarían 53 años de inestabilidad política, y ese es, sin duda, el mayor logro de la Argentina en los últimos cincuenta años. Vale destacar que hoy solo un tercio de los argentinos vivos ha nacido antes de la restauración de las instituciones democráticas.
La ausencia de soluciones desde la política
La responsabilidad de los partidos políticos en la crisis desatada a fines de 1975 fue evidente y palmaria. El intento de reemplazar a la presidenta por el titular provisional del Senado, Ítalo Argentino Luder, a través de una licencia médica, fracasó. Lo curioso es que la enferma fue enviada a la residencia de descanso de la Fuerza Aérea en Ascochinga, para reposar junto a las esposas de Videla, de Massera y de Fautario, durante septiembre de 1975. El intento de juicio político contra Isabel también naufragó en negociaciones estériles. Nadie quería hacerse cargo del costo de deponer legalmente a quien llevaba el apellido del líder muerto en 1974.
Ya con el golpe en ciernes, el líder de la principal oposición, el radical Ricardo Balbín, dijo con sinceridad brutal: “No tengo soluciones que ofrecer, pero hay que llegar a las elecciones con muletas”, esperanzado en llegar a octubre de 1976, fecha en la que habían sido convocadas las elecciones presidenciales bajo el estatuto que los militares habían establecido en 1972, y que, curiosamente, nunca fue derogado, a pesar de haber sido una reforma constitucional encubierta. Es imprescindible destacar que, al momento del golpe, solo faltaban siete meses para el acto electoral.
Pero el dramatismo del momento lo marcan los bruscos cambios en las posiciones políticas. El 16 de marzo, el mismo Balbín diría por cadena nacional: “Argentinos de todos los rincones, civiles de todos los lugares, militares de todo el país, brigadieres y marinos, ¿para qué llegar a los últimos cinco minutos? ¿Por qué no estamos conjugando la ilusión de aquel poeta? Se acerca el angustiado, el enfermo, el desprotegido, todos los incurables que tienen cura cinco minutos antes de la muerte. Desearía que los argentinos, hoy, no empezáramos a hacer la cuenta de los últimos cinco minutos”. La realidad iba a desmentirlo. Ocho días después sería derrocado el orden constitucional, empezando por quien lo encabezaba: María Estela Martínez de Perón. Como testimonio del fracaso de la política, varios legisladores nacionales habían vaciado sus despachos del Congreso Nacional, convencidos de que nada quedaba por hacer. Esa defección estableció el precio que toda la Argentina pagaría.
Los hechos del 24 de marzo de 1976
El 24 de marzo se inició un período al que, pomposamente, se llamó Proceso de Reorganización Nacional. El titular de un diario vespertino de tirada nacional rezaba, el día anterior: “Todo está dicho”. Comenzaba un tiempo que ni los propios protagonistas pudieron prever. Una larga vigilia tuvo lugar en la noche del 23 de marzo. La presidenta Martínez de Perón permanecía en la Casa Rosada, pasada la medianoche, con unos pocos colaboradores, entre ellos Julio González, secretario legal y técnico de la Presidencia desde el 25 de mayo de 1973, testigo de esos tiempos borrascosos y quien siempre aludió al sentido de responsabilidad de Isabelita, en paralelo con su falta de condiciones para el cargo. Quien esto escribe tuvo el gusto de compartir algunas charlas con González, un hombre leal y cabal.
Un hecho poco recordado es que el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, responsable de la custodia de la primera mandataria, se negó a que el derrocamiento se produjera en la propia Casa de Gobierno, ya que su juramento lo obligaba a defenderla. En la Plaza de Mayo, unos cincuenta seguidores gritaban “¡Isabelita!”, en apoyo de la mandataria, ya en retirada. Fueron los últimos fieles. La decisión del granadero obligó a los complotados a montar un operativo fuera de la sede presidencial para tomar el poder político del Estado.
Cuando, pasada la medianoche, el helicóptero presidencial dejó la Casa Rosada, llevando a la presidenta y a González hacia la residencia presidencial de Olivos, el piloto fue obligado a desviar su curso rumbo al Aeroparque, donde se produjo efectivamente el derrocamiento y la detención de Isabel. En ese dramático momento, protagonizado por oficiales de las tres fuerzas, el general José Villarreal le comunicó: “Las Fuerzas Armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada”, a lo que Martínez de Perón respondió preguntando si iban a fusilarla. Los militares le garantizaron su seguridad personal.
Quedan por relatar los episodios posteriores al 24 de marzo de 1976, que, si Dios quiere, compartiremos aquí el fin de semana. Es un buen momento para reflexionar sobre si este feriado no debería ser reemplazado por el 10 de diciembre. Los pueblos grandes nunca recuerdan el inicio de las tragedias nacionales, sino su final. Las derrotas no son inspiradoras; las victorias, sí.




