Con un gol insólito, a Boca le empataron un partido increíble y no pudo quedar primero en la Sudamericana

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El Xeneize lo ganaba con un tanto de Cavani, pero Fortaleza lo igualó en una de las últimas y se mantuvo como el líder del Grupo D.

El “para ser campeón, hoy hay que ganar” que bajó, feroz, desde las tribunas del Templo, marcó la cancha, le dio categoría de final al partido y puso en caja al equipo. La gente no suele equivocarse a la hora de leer los escenarios y el hincha de a pie sabía que era una noche para que también el afuera jugara su partido. Y lo jugó.

La intensidad de la tribuna encontró eco en el adentro. Imposible saber quién contagió a quién, pero la pasión de la Bombonera y la del campo fue la misma, como si en el medio no hubiera alambrado, fosa, acrílico, línea de cal. Boca fue una tromba de principio a fin, jugó con la emoción a flor de piel, jamás tuvo otra lectura que ir al frente, generar situaciones, buscar. Lo hizo con el 0-0, con el 1-0, goleó sin golear, nunca se fijó en qué convenía, decidió jugarse la ropa sin otro argumento que el arriesgar.

El tema, aquí, es definir los límites. El hasta dónde seguir insistiendo, hasta dónde jugar sin pensar. Generó un sinnúmero de situaciones de gol, pero más que eso lo asombroso fue la capacidad del equipo de Martínez de jugar 90 minutos a ritmo máximo, sometiendo al rival al mero papel de partenaire, obligándolo a sacar pelotas de punta y a cualquier parte, porque Fortaleza no podía contener los desbordes de Blanco (por escándalo el mejor jugador del partido), con Cavani metiendo un golazo en el inicio del segundo tiempo (taco de Zenón, centro del lateral-delantero que tiene Boca por izquierda y a cobrar), para hacer explotar una Bombonera que en todo momento siguió empujando al equipo para adelante. Ya era una picardía que Boca se fuera al descanso con un 0-0 injusto y amarrete. Porque tuvo juego y dinámica de sus mediocampistas para romper líneas, tuvo desborde de sus laterales y porque sus delanteros generaron situaciones. Simplemente, el último toque, el fatal, casi siempre le salió torcido.

Lo bueno para Boca fue que el desahogo del 1-0 no supuso un cambio de postura, ni mucho menos. Todo lo contrario: el equipo del Gigoló siguió buscando el gol como si el partido siguiera 0-0. Nadie aflojó, nadie se tiró atrás. Es más, a Vojvoda se le quemaron los papeles y entró a meter cambios casi de manera frenética. Merentiel tuvo su chance entrando por izquierda, Blanco siguió en modo Roberto Carlos y le puso otro gol en el camino de Cavani… El asunto es que el ridículo 1-0 dejaba a Boca expuesto a que una jugada fuera de contexto lo dejara sin nada. En tal caso, el pecado fatal del equipo de Gigoló fue no haberse desenchufado de su propio frenesí. Ni siquiera tomó conciencia cuando Chiquito Romero salvó la noche en un mano a mano con Marinho.

¿Qué hacía Boca en una jugada de pelota parada a favor en el minuto 90, con todo el equipo volcado en campo rival y la línea de fondo (de tres jugadores) parada en la mitad de la cancha? El Xeneize decidió jugarse una ruleta rusa hasta el final y el tiro le salió al revés. Un contraataque fulminante terminó con dos futbolistas de Fortaleza solos y habilitados (estaban detrás de la línea de la pelota) que sometieron a Chiquito (el gol fue de Kevin Andrade) para arruinarle el partido a Boca y dejarlo sin chances de clasificarse primero en su grupo.

Deja, también, un manto de dudas muy grande sobre las capacidades del equipo en manejar ciertas situaciones. A salvo queda su valentía, su hambre de búsqueda, su vocación ofensiva. Pero queda expuesta su falta de tacto, de inteligencia y su incapacidad de leer por dónde venía el partido. Si atacó 700 veces y no pudo meter otro gol, la lógica indicaba bajar el ritmo, hacer circular la pelota y no exponer el mentón. Con una mano, a Boca lo dejaron en la lona. Y eso no es jugar bien.

OLE

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