Terminator Milei llega tarde: al Estado ya lo destruyó el kirchnerismo. Por Marcos Novaro

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    El Presidente definió su misión en la gestión como la “destrucción del Estado desde adentro”. Pero lo que hicieron los liberales como Alberdi por el bien de nuestro país fue lo contrario: construir instituciones estatales. Por algo le está costando tanto a los libertarios armar un equipo de gestión.

    En su enfervorizada diatriba antiestatista, lanzada durante la entrevista con The Free Press el jueves pasado, en que se definió como un “topo” que va a destruir el Estado argentino “desde adentro”, Javier Milei puso demasiada pasión y muy poco cálculo y razonamiento: ¿qué mérito tendría completar la tarea que vienen cumpliendo con esmero y gran éxito, hay que reconocerles, Cristina y sus seguidores, desde hace al menos dos décadas atrás?

    Si hoy no tenemos moneda, ni siquiera un elemental sistema de financiamiento del gasto público, no tenemos seguridad, justicia ni defensa, y cada vez tenemos menos educación y salud pública, ¿qué más cree Milei que hay que destruir?, ¿y para qué?

    ¿No sería mejor que, como hicieran nuestros padres fundadores, esos prohombres liberales que él tanto admira, Milei se propusiera construir algo de Estado, no convendría que se ponga como meta hacer que este cumpla al menos algunas funciones esenciales?

    Liberar al Estado

    Para lograrlo seguramente una precondición es liberarlo de la carga que significa un montón de funciones que nunca debería haber asumido, como empresas públicas y prestación de servicios que pueden administrar mejor los privados, de miles de empleados que están ahí para “militar” o para hacer cebo, y de una madeja de subsidios irracionales, antieconómicos, en muchos casos también socialmente injustos.

    Pero nada de eso va a tener sentido si al mismo tiempo no se reconstruyen las instituciones estatales más básicas:

    Ya lo vivimos en los años noventa: cuando se privatizó, se redujo la plantilla estatal, pero las famosas “reformas de segunda generación” quedaron en los papeles, y todo terminó como terminó.

    Finalmente, el legado que nos dejaron los liberales de fines del siglo XIX, que el presidente dice haber venido a reivindicar, Alberdi, Roca y Sarmiento, Mitre y Avellaneda, consistió en ese puñado de instituciones estatales. Que luego, es cierto, durante el siglo XX sucesivos gobiernos, civiles y militares, populistas o no tan populistas, engordaron más que fortalecieron, y terminaron debilitando hasta el extremo de volverlas, en vez de instrumentos de progreso, promotoras del atraso. Recuperar el Estado y devolverle sus funciones y razón de ser parecería entonces una meta más razonable y positiva que destruirlo.

    Liberal, sí; anarquista, no

    El problema es que, para hacerlo, no es conveniente “odiar al Estado”, como confesó Milei que es su inclinación. Hace falta ser liberal, no anarquista. ¿Con qué mensaje y misión, si no, se podría reclutar a los cientos de burócratas y funcionarios políticos que hacen falta en las oficinas públicas, para ponerlas a funcionar en dirección a ese objetivo? Esos burócratas y funcionarios deben “amar al Estado” para hacer bien su trabajo, tienen que creer que el esfuerzo vale la pena para estar dispuestos a pelear todos los días para mover al anquilosado aparato de la administración en la dirección deseada. Pero no lo van a hacer, ni siquiera va a ser posible reclutarlos y ponerlos en funciones, si el que tiene que convocarlos, convencerlos y ponerlos a trabajar no cree en eso, y solo está interesado en “destapar curros”. Cosa que está muy bien, hace falta, pero no para terminar de deslegitimar el servicio público, sino como paso necesario para relegitimarlo.

    Si los libertarios están teniendo dificultades tan grandes como se ve que tienen en poner en marcha su gestión de gobierno, en armar equipos para la mayor parte de las áreas de la administración, que están de momento congeladas, pero no pueden permanecer eternamente así, es no solo debido a su falta de experiencia, a que no tienen detrás un partido y no quieren depender de Mauricio Macri y del PRO para conformar su plantel de funcionarios. Tampoco se debe exclusivamente a las urgencias macroeconómicas y la atención que ellas reclaman.

    Puede que el problema fundamental sea ideológico. Y como el presidente está muy orgulloso de ese rasgo, cree que sus definiciones teóricas le proveen las bases para afirmar y orientar su gobierno, no va a cambiarlas, ni siquiera quiere matizarlas. Una pena.

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