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“Quería que toque el Indio”, lanzó Franco Hernández con la ligereza de quien encarga un servicio de catering.

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Hernandez Berni y el Indio Solari

Hay una vieja máxima en la política criolla que postula que el dolor ajeno es, ante todo, una plataforma de lanzamiento. El fallecimiento de Carlos «El Indio» Solari —un mito que clausura no solo una era de la cultura popular, sino una forma de entender la masividad en la Argentina— activó de inmediato los reflejos condicionados de la corporación política. Esa necesidad imperiosa, casi patológica, de estar en el centro del plano, incluso cuando el plano pertenece a un velorio.

El escenario de este grotesco no es la Capital Federal, siempre propensa al asfalto y a la impostura intelectual, sino el norte profundo. Más precisamente nuestra ciudad. Aquí, el intendente Franco Hernández se encontraba en plena faena de promoción de la Serenata a Tartagal, un evento que promete congregar a miles de personas en el Predio del Centenario con una grilla que, nobleza obliga, incluye el canon indiscutido del folclore festivalero: el Chaqueño Palavecino, el Indio Rojas, Lázaro Caballero. Hasta ahí, la gestión previsible del entretenimiento público y el derrame económico regional.

Sin embargo, el intendente Hernández sintió la pulsión de la historia. O, mejor dicho, la pulsión del micrófono. En una revelación ante Radio Dix, Hernández confesó haber viajado meses atrás a Buenos Aires y Córdoba para gestionar, personalmente, la contratación del Indio Solari para el festival. «Quería que toque el Indio», lanzó, con la ligereza de quien encarga un servicio de catering.

El teorema del absurdo

La confesión expone una de las patologías más severas de la praxis política local: la desconexión con la realidad disfrazada de voluntarismo voluntarista. El Indio Solari llevaba años retirado de los escenarios tradicionales debido a un Parkinson de público conocimiento, una condición que transformaba cada una de sus esporádicas apariciones virtuales en un acontecimiento milagroso y litúrgico. Pensar que el Parkinson se iba a conmover ante los encantos de la intendencia de Tartagal es de un optimismo que roza el delirio.

La justificación del jefe comunal —»Yo hice las gestiones, soy de hacer las gestiones»— opera como una maravillosa confesión de parte. En el universo mental de cierta dirigencia, la gestión no se mide por la eficacia, el cálculo de riesgo o la racionalidad, sino por la espectacularidad de la ventanilla que se va a golpear. No importaba la viabilidad; importaba el viaje, el viático de la gestión.

El oportunismo político tiene patas cortas, pero sobre todo, tiene muy poco oído para el ridículo.

Como suele ocurrir en estos tiempos hiperconectados, el antídoto contra la desmesura oficial no provino de la oposición institucional, adormecida en sus propios laberintos, sino del genio y la ironía del subsuelo digital.

Los cibernautas, que detectan el olor a oportunismo a kilómetros de distancia, tardaron minutos en facturarle al intendente norteño su insólita necrología proselitista. La sugerencia de que viaje de inmediato a Puerto Rico para contratar a Bad Bunny —aprovechando que el trapero goza de óptima salud— no es solo un chiste de Twitter o TikTok. Es una radiografía perfecta del escepticismo con el que la sociedad civil degusta los discursos del poder.

La muerte de Solari nos deja más huérfanos de poesía. La reacción de la política ante su muerte nos deja, una vez más, ante el espejo de una dirigencia que prefiere la fantasía de lo imposible antes que la modesta tarea de gobernar lo real.

Redaccion: El Intra Salta