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Para el pobrerío era un padre y para Buenos Aires, “abominable”: la lucha en soledad de Güemes y una muerte rodeado de los suyos

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Por Adrián Pignatelli para INFOBAE. Al parecer, su figura no completa los requisitos para que el aniversario de su muerte, ocurrida un 17 de junio, fuera inamovible. Sin embargo, a lo largo de sus 36 años de vida, el líder salteño hizo lo suficiente para ser recordado, valorado y homenajeado como uno de los hombres de nuestra independencia.

A ese líder desconfiado, insobornable, corajudo, amado por el pobrerío y despreciado por los aristócratas, que insistía en que solo aspiraba a ser solo “un ciudadano honrado”, se le iba la vida lentamente, en la cañada de La Horqueta, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Salta, allí, donde dos arroyos se unían en medio de un tupido monte, y donde desde entonces se baila, se canta y se cuentan historias sobre su vida.

En un camastro armado por el sargento mayor Mateo Ríos, lo más confortable que pudo, bajo el amparo de un árbol, ese líder nato, de fama de rebelde, de lucharla solo y de ser abiertamente franco, sabía que se moría y por eso se despedía de los suyos.

Macacha Güemes, la hermana del líder salteño, fue una pieza clave en la vida política y militar de su hermano

Tal vez se sentía imbatible, y por eso desoyó los consejos de su hermana Macacha de que escapara por una salida oculta y que tomase el camino hacia el campo de la Cruz. Güemes no le había dado importancia al dato que le había llevado el coronel Angel Mariano Zerda, jefe de su vanguardia, que en las serranías de Lesser y Los Yacones habían visto reflejos de armas.

Fue una apreciación que le costaría la vida. Unos 400 infantes liderados por el coronel José María Valdés estaba liderando una nueva invasión a Salta. Paralelamente, Olañeta con mil hombres iría por la quebrada de Humahuaca hacia Jujuy, esperando la buena nueva de Valdés cuando se hiciera dueño de Salta.

Valdés era un valenciano que de joven se había radicado en Salta, que por su carácter un tanto impulsivo él mismo se había puesto el apodo de El Babarucho. Como se ganaba la vida como tropero y contrabandista, conocía caminos inaccesibles para la mayoría y senderos ocultos.

Carmen Puch, la esposa de Güemes, famosa por su belleza. Tuvieron tres hijos

Valdés se había mantenido oculto en la sierra de los Yacones y en la noche del 7 de junio entró en silencio en la ciudad y se quedó en la plaza principal. En toda historia hay un traidor. Fue por el comerciante Mariano Benítez, quien le pasó el dato de que Güemes estaba en la ciudad, y se le preparó una encerrona.

Güemes sabía que lo buscaban, que su cabeza tenía precio y pervive la versión que nunca se hizo un retrato en vida para no ser identificado.

El líder gaucho había nacido en Salta el 8 de febrero de 1785, en el seno de una familia de muy buena posición económica.

El 12 de agosto de 1806 por la mañana, Santiago de Liniers ordenó neutralizar al Justina, un buque de 26 cañones que bombardeaba la ciudad. Al mando de un pelotón de Húsares, Güemes, entonces de 21 años, lo obligó a rendirse, aprovechando que una bajante de las aguas lo mantenía inmovilizado. Fue así como un barco inglés fue tomado por un grupo de jinetes.

José Rondeau, cuando fue jefe del Ejército del Norte, tuvo serios enfrentamientos con Güemes. El trabajo de Macacha ayudó a acercar a las partes en conflicto.

José Rondeau, cuando fue jefe del Ejército del Norte, tuvo serios enfrentamientos con Güemes. El trabajo de Macacha ayudó a acercar a las partes en conflicto

Fue evaluado como “un oficial infatigable” en sus patrullajes de la quebrada de Humahuaca cuando la revolución de Mayo daba sus primeros pasos, y como aliciente fue ascendido a capitán. Tuvo un papel determinante en la victoria patriota en Suipacha el 7 de noviembre de 1810, aunque curiosamente no fue mencionado en el parte de batalla, posiblemente por diferencias con sus jefes, ya que insistió en perseguir a los españoles y terminar con ellos, cosa que no se hizo.

Como Güemes convivía con una mujer casada y, aparentemente, vivían junto al esposo que decía que el salteño lo había amenazado de muerte si denunciaba la situación, fue acusado por Manuel Belgrano de llevar una vida licenciosa y enviado a Buenos Aires. En la ciudad conoció a José de San Martín, y ambos armarían una dupla perfecta; con Belgrano también terminarían como grandes amigos.

Cuando San Martín se hizo cargo del Ejército del Norte, lo reconoció como General en jefe y lo puso a cargo de las avanzadas del Río Pasaje. El 29 de marzo de 1814 fue llamado “benemérito” por San Martín cuando derrotó a los realistas en la ciudad de Salta. El Libertador aludía a los hombres del salteño como “bizarros patriotas campesinos”.

Con sus “Infernales”, logró frenar una decena de intentos de invasión del ejército español

Tuvo a maltraer a los españoles comandados por Joaquín de la Pezuela, a quienes atacó en distintos puntos en las provincias de Salta y Jujuy. El Directorio lo ascendió a coronel graduado del Ejército y jefe militar en Tucumán y Tarija.

Al mando de sus gauchos, “los infernales” como se los conocía, el 14 de Abril de 1815 derrotó a la vanguardia del ejército enemigo en Puesto del Marqués. Tuvo serios enfrentamientos con José Rondeau, jefe del Ejército del Norte, a raíz de los cuales Güemes se fue con sus gauchos, pasó por Jujuy, donde se apoderó de valioso armamento. Rondeau lo declaró “traidor”, pero los hechos se precipitaron vertiginosamente. El director Carlos María de Alvear había caído por la sublevación de Fontezuelas y Güemes tenía otros planes: derrocar al gobierno conservador de Salta. Para ello, contaba con la colaboración de su hermano Juan Manuel, funcionario del cabildo local, que movió los hilos para que el 6 de Mayo de 1815 el cabildo local lo nombrase “Gobernador de la Intendencia de Salta”. Era un extenso territorio que abarcaba las actuales provincias de Salta y Jujuy, y Tarija.

Su hermana María Magdalena Dámasa, familiarmente apodada como Macacha le presentó a María del Carmen Puch y Velarde, una chica de 18 años, rubia, de ojos azules. Se casaron el 15 de julio en la Catedral de Salta y tendrían tres hijos: Martín (que llegaría a gobernador), Luis e Ignacio.

Las últimas horas de Güemes en la cañada de la Horqueta, rodeado de los suyos

Vivió la guerra a la par de su marido; lo asistió y acompañó hasta que la llegada de los hijos se lo permitieron. Cambiaba regularmente de residencia, porque se rumoreaba de un plan español para secuestrarla y así doblegarlo.

Por su rebeldía, Rondeau lo declaró “reo de Estado” y el cabildo de Jujuy desconoció su autoridad. Terminaría llegando un acuerdo con el jefe porteño, que se conocería como el “Pacto de los Cerrillos”.

Apoyó decididamente el Congreso que se reunió en Tucumán en 1816. “¿Cuándo llegará el día en que veamos reunido nuestro Congreso compuesto de sabios y virtuosos que formen una Constitución libre, dicten sabias leyes y terminen con las diferencias de las provincias?”, escribió.

Esperó en vano la ayuda monetaria que su amigo el director Pueyrredón le había prometido para mantener un ejército que ya superaban los 5000 hombres. El jefe salteño continuaba haciendo frente en soledad a los continuos intentos españoles por adentrarse en el territorio. Ya se había ganado el mote de “intrépido Güemes”.

En el Panteón de las Glorias del Norte están los restos de Güemes, de su esposa Carmen Puch, y los de Juan Antonio Alvarez de Arenales, Rudecindo Alvado, Martín Silva de Gurruchaga, José Antonio Fernández Cornejo y Facundo de Zuviría. También las urnas con restos del soldado desconocido de las batallas de Salta, Florida, Suipacha y Sipe-Sipe.

En medio del anárquico año 20, San Martín lo designó General en Jefe del Ejército de Observación sobre el Perú. El salteño, preocupado por procurarse de fondos, les había solicitado a las damas jujeñas que colaborasen en la confección de ropas para sus soldados. En esa tarea también colaboró su hermana Macacha, quien convirtió su casa en un taller, en la que vivía con su marido Román Tejada Sánchez. Para Macacha, coser fue lo más simple que hizo, ya que participó en arriesgadas misiones de espionaje en favor de su hermano.

A la par que proponía celebrar un Congreso General para ordenar al país y coordinar las acciones militares, y terminar con los enfrentamientos entre las provincias, el 24 de mayo de 1821 miembros del Cabildo intentaron derrocarlo como gobernador, pero, ante la aclamación popular, los golpistas huyeron; algunos no tuvieron ningún empacho en refugiarse en el cuartel general de los españoles.

Güemes estaba ese 7 de junio de 1821 en la ciudad con una escolta de 50 hombres. Fue a la casa de su hermana Macacha, que estaba en Balcarce y España. Allí estaban su cuñado Dionisio Puch, el coronel Vidt y Martín Otero. Era la medianoche cuando despachó a un mensajero que debía sí o sí atravesar la plaza. Al llegar fue sorprendido por un “quién vive” y cuando respondió “la Patria” recibió una descarga a quemarropa.

Los disparos fueron escuchados por Güemes, quien creyó que se estaba desencadenando una revolución y decidió abandonar la casa. No tomó en cuenta el consejo de su hermana de que saliera por una puerta oculta. Al llegar a una bocacalle le preguntaron “quién vive” y Güemes, comprendiendo lo que ocurría, respondió “la Patria” y escapó al galope, mientras le efectuaban, sin suerte, una descarga.

En 1920 fue construido un monumento en homenaje a su memoria. Está emplazado donde, herido, cayó del caballo 

Tal vez quiso ir a la casa de su madre, por eso tomó la calle de la Amargura. Al llegar al viejo puente de piedra que cruzaba el Tagarete de Tineo (tagaretes eran los canales que pasaban por la ciudad) en la esquina de Balcarce y Belgrano se topó con un grupo de fusileros del rey y los enfrentó con los pocos hombres que lo acompañaban, ya que algunos habían caído y otros habían sido hecho prisioneros.

En otra esquina volvieron a preguntarle el santo y seña y, sable en mano, saltó con su caballo sobre dos hileras de soldados, armados con fusiles y bayoneta calada.

Una primera descarga no lo alcanzó pero en la segunda un proyectil ingresó por su cadera derecha y se alojó en su ingle.

Tendido sobre el pescuezo del caballo para no caerse de la silla, galopó en la oscuridad. Al cruzar el río Arias, se encontró con una de sus partidas: “Vengo herido”, les dijo.

Lo bajaron del caballo, armaron una camilla con ramas y ponchos y por el camino de El Chamical, a unas cuatro leguas al sudeste de la ciudad, fueron hasta su finca en La Cruz. Pero no era un lugar seguro, y sus hombres lo llevaron en la espesura de las sierras y quedarse en la Quebrada de la Horqueta.

Hasta allí fueron llegando paisanos de distintos puntos de la provincia, a medida que se enteraban sobre lo que había ocurrido. A todos les hacía prometer que debían seguir la lucha contra los españoles.

Cuando Olañeta, que estaba en Jujuy, se enteró de que estaba herido y le envió emisarios. Estos ofrecieron abrirle camino a Buenos Aires para que pudiera ser atendido por los mejores médicos, a cambio de su rendición.

El salteño hizo llamar al coronel Jorge Enrique Vidt, jefe de su estado mayor. En presencia de los emisarios españoles, le ordenó que marchase con sus fuerzas a poner sitio a la capital, haciéndole jurar que continuaría la lucha hasta que no quedase en la tierra un solo argentino o un solo español.

Luego se dirigió a los españoles. “Diga a su jefe que agradezco sus ofrecimientos sin aceptarlos: está usted despachado”.

José Redhead, el médico que había atendido a Manuel Belgrano y que era amigo de Güemes, obtuvo el permiso de los españoles para ir a atender al salteño, a quien ya le había adelantado que cualquier herida que recibiera sería mortal, ya que se suponía que sufría de hemofilia.

Pero los intentos tanto de Redhead, como su colega Castellanos, fueron inútiles. Según la tradición oral de la familia Güemes, sus últimas palabras fueron para su esposa Carmen Puch. “Mi Carmen no tardará en seguirme; morirá de mi muerte así como vivió de mi vida”.

El padre Francisco Fernández fue el que lo reconfortó espiritualmente en sus últimos momentos.

Falleció el 17 de junio de 1821 y fue sepultado al día siguiente en la capilla de El Chamical. En 1822 sus restos fueron trasladados a la vieja Catedral, por 1877 al panteón familiar en el Cementerio de la Santa Cruz y finalmente en 1918 a la Catedral de Salta, en el Panteón de las Glorias del Norte.

No se equivocó. La tradición popular cuenta que su esposa Carmen, al enterarse de la muerte de su marido, al que seguiría la de su enfermizo pequeño hijo Luis, se encerró en su habitación, se cortó sus cabellos y dejó de comer. Tenía 25 años cuando falleció el 3 de abril de 1822.

La historia tardó en reconocer su labor en el norte. Cuando murió, en Buenos Aires un diario anunció que “había un cacique menos” y Bernardino Rivadavia escribió que había muerto “el abominable Güemes”. Con el correr de los años, aquel líder indomable, valeroso y autocrático que se las había arreglado en soledad, sería revalorizada. Al fin de cuentas, con sus luces y sus sombras, había sido el único general caído en combate durante las guerras por la independencia.