¿Sobreviviría La Cámpora a un segundo “exilio”? Por Sergio Berensztein

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    En el último tiempo sus principales referentes radicalizaron el discurso. Sin embargo, la posición crítica y autónoma en los hechos tiene un límite: la supervivencia sin las cajas del Estado.

    En nuestra columna del lunes pasado nos referimos a los planteos que La Cámpora estaba haciéndole al Gobierno manifestando su posición en contra de un acuerdo con el FMI. Estos cuestionamientos se hicieron oír con mayor fuerza a partir del video donde los militantes cantan: “Esa deuda que dejaron no la vamos a pagar. Con el hambre de la gente no se jode nunca más”.

    El lunes, dos días después de que Wado de Pedro y el Cuervo Larroque se encargaran de difundir el video que generó la polémica, Máximo Kirchner habló en un acto en Lanús, donde volvió a criticar en duros términos al FMI y envío un nuevo mensaje al Gobierno: “Señor Presidente, señor Gobernador, si tienen dudas, de si estamos dispuestos a ir para adelante, chiflen que acá estamos”. Al margen del video y las palabras ambiguas de Máximo, hace tiempo que los sectores duros vienen manifestándose en contra de un acuerdo con el FMI, o proponen exigencias inalcanzables, lo cual es prácticamente lo mismo.

    Al margen de los esfuerzos diplomáticos (el presidente Fernández se reunirá hoy con Kristalina Georgieva en Roma y busca también un encuentro con Joe Biden), para llegar a un entendimiento con el FMI se requerirá indefectiblemente un programa macroeconómico consistente. No alcanza con el beneplácito de los líderes mundiales, aunque también este sea un elemento necesario. Hará falta presentar un programa sostenible que involucre variables tales como tipo de cambio, gasto público y subsidios (vinculados especialmente al transporte y las tarifas de servicios públicos). Por eso, atendiendo a la cosmovisión que tiene La Cámpora, no debería sorprender que se sienta decepcionada (aún más) respecto del rumbo que deba adoptar el Gobierno después del 14 de noviembre.

    La Cámpora deshoja la margarita: ¿se va o se queda?

    ¿Puede, sin embargo, amenazar seriamente con abandonar el Gobierno si el rumbo no es el que espera? Debemos recordar que La Cámpora es una agrupación que nació desde el propio seno del poder: fue creada en 2006 cuando el país era gobernado por Néstor Kirchner (en los que probablemente hayan sido los mejores años del kirchnerismo). Desde su inicio necesitó de los recursos del Estado para consolidarse, crecer y forjar su identidad. Así, La Cámpora, sin ser estrictamente un partido político (es una agrupación), adquirió de cierta forma el funcionamiento de un “partido de cuadros”, con dirigentes que necesitan mantenerse en el poder para hacerse de los recursos materiales como simbólicos con los que recompensan a sus miembros.

    Sin las posibilidades que otorga el control del aparato estatal, la penetración de La Cámpora en la sociedad civil es baja, con la mayoría de sus integrantes trabajando en el Estado, a nivel nacional, provincial o municipal. De hecho, cuando el kirchnerismo perdió el Gobierno nacional en 2015, muchos de sus cuadros debieron refugiarse en las provincias y municipios controlados por “la orga” o aliados, y muchos otros (ante la imposibilidad de acomodar a todos) sintieron lo que significaba sufrir “el llano”.

    De todas formas, es cierto que La Cámpora puede jactarse de haber sobrevivido como agrupación por fuera del Estado nacional en el periodo 2015 – 2019. Es relevante, porque el Estado nacional otorga el control de las mayores “cajas” que tiene la política, tanto en recursos monetarios, como también en cargos públicos de total discrecionalidad: PAMI y ANSES, casualmente (o no tanto) controladas ahora por dirigentes afines a La Cámpora (Fernanda Raverta y Luana Volnovich). Podría sumarse además el control del Correo Argentino (a cargo de Vanesa Piesciorovski, también militante de la organización).

    Sin embargo, aquella experiencia de supervivencia y relativa emancipación del aparato estatal entre 2015 y 2019 termina generando más dudas: fue muy acotada en el tiempo porque el kirchnerismo rápidamente regresó al poder y, además, durante esos años la capacidad de organización, movilización e influencia de La Cámpora sobre la agenda mermó considerablemente. De hecho, su protagonismo en la escena pública no se pareció en nada al que tiene hoy en día, incluso discutiendo contra el oficialismo del que forma parte.

    A diferencia de lo que ocurre con otras organizaciones como pueden ser los sindicatos, que cuentan con la cuota sindical y los recursos de las obras sociales, La Cámpora no cuenta con fuentes de financiamiento que no provengan de las arcas del Estado. El histórico desafío para este tipo de organizaciones o partidos, que entretejen fuertes vínculos con el Estado y necesitan de este para reproducirse y movilizar a sus miembros, ha sido siempre el de lograr conservar su autonomía.

    ¿Estarán dispuestos a dejar el Gobierno nuevamente, como sucedió entre 2015 y 2019? Una vez salió relativamente bien, sobrevivieron y rápidamente regresaron “para ser mejores”. Pero, ¿sobreviviría a un segundo “exilio”? ¿Y si esta vez el exilio se vuelve más prologando? Sin el control de los resortes del poder, La Cámpora se desdibuja, ya que ha sido siempre una agrupación concebida desde el seno del Estado. Por eso, volver al llano difícilmente sea una opción viable. Si es que sus líderes están dispuestos a mantener a la organización dentro de la coalición oficialista independientemente del rumbo económico y político que se adopte, entonces confirmaremos que su discurso crítico y autónomo en los hechos tiene un límite: la supervivencia.

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