Los políticos se repliegan por el miedo a un tsunami electoral. Por Carlos Pagni

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    Desde Cristina Kirchner hasta Mauricio Macri, los líderes hoy buscan seguridad en su propio territorio; es el temor a una rebelión de indiferencia; esa debilidad se agravaría si se suspenden las PASO.

    amos a señalar algunos movimientos que se están registrando en la política en estos días y pueden parecer intrascendentes. Por ejemplo, el ministro de Hábitat, Jorge Ferraresi se retira del gabinete y vuelve a Avellaneda, de la que es intendente, o lo era con pedido de licencia. Otro ministro, el de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, le dejó su lugar a Victoria Tolosa Paz para volver a la intendencia de Hurlingham que había dejado -riesgosamente para él- en manos de La Cámpora al asumir el Ministerio. Juan Manzur deja nada menos que la Jefatura de Gabinete de Ministros para volver a Tucumán, intentando encontrar la vicegobernación su provincia. Si uno mira a Cristina y Máximo Kirchner, va a ver que están pensando la política casi reduciendo el drama a la provincia de Buenos Aires. Ese es el ajedrez que les interesa. Y Axel Kicillof intenta que no lo tomen como un activo para proyectarlo en la escena nacional como candidato a presidente e insistir en cambio con la reelección bonaerense. Todo esto que acabo de enumerar se da en el oficialismo, en el Frente de Todos.

    Pero si miramos del otro lado, a Juntos por el Cambio, por ejemplo, los movimientos de Mauricio Macri, hay un propósito central en todo lo que está haciendo. Está bien, quiere ordenar al Pro en relación a lo que sería el programa de un eventual futuro gobierno de JxC. No sabemos muy bien si se va a postular como candidato a presidente, él dice que no. Pero tiene un interés por encima de todos los otros: el control de la Capital Federal, el control de la ciudad de Buenos Aires a través de la candidatura de su primo Jorge Macri, cuyo jefe de campaña es nada menos que Fernando de Andreis, que es la mano derecha de la vida cotidiana del expresidente.

    ¿Qué tienen en común estos hechos? Que los políticos se están replegando hacia territorios que creen más seguros, sus bases originales de poder, en la perspectiva de que puede haber un gran cimbronazo electoral. Un vendaval que se está registrado en las encuestas, sobre todo, en las cualitativas, donde la gente no dice a quién va a votar o qué imagen tiene sobre tal líder, sino que se expresa sobre qué sentimientos tiene en su relación con la vida pública, respecto de la política en general y la economía y qué visión se le ofrece sobre el futuro. Ahí hay una crisis, se ha abierto una nueva grieta, que ya no es entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Esa grieta convive ahora con otra, más complicada e inquietante, que plantea un horizonte no del todo nítido para la vida democrática, que es el conflicto entre el electorado y la dirigencia política. El cambio de percepción respecto de los representantes que ya no son vistos por muchos electores como representantes sino como -para usar la palabra que usa la extrema izquierda en España y emplea aquí la extrema derecha de Javier Milei- una casta. Algo que no representa, sino que contradice a la comunidad. No la expresa, la oprime.

    Este cambio de concepto se viene identificando hace mucho tiempo. Un experto en opinión pública en agosto del 2020, en plena cuarentena, me señalaba: “Estoy registrando algo raro. Nunca había aparecido. 6% del electorado no quiere a Macri ni a Cristina. Pero tampoco quieren Alberto Fernández o a Larreta. No quieren a nadie”. Ese porcentaje hoy representa probablemente el 25% de la fuerza electoral. Y tendríamos que ver si no sigue creciendo. El primer dato técnico, contundente, corroborable de esta tendencia lo tuvimos el año pasado: los niveles de abstención que hubo en las elecciones.

    Daría la impresión de que hay un repliegue hacia lo más conservador, hacia no tomar riesgo. Es una conducta en la que no incurren dos personas, dos líderes, que tienen muy poco que perder. Uno, lo acabo de nombrar, Javier Milei, que está en ascenso con algo así como 25% de intención de voto. El otro, Alberto Fernández, que está lanzado ahora, contra lo que para mucha gente serían evidencias contradictorias con ese deseo, hacia la reelección, hacia ocupar el centro que no quiso ocupar durante tanto tiempo durante su presidencia, el centro que ocupaba justamente en aquella cuarentena. Toma ese centro de la forma que sea, peleándose inclusive con un personaje ignoto de Gran Hermano que lo acusa de trapisondas que no están demostradas. Hay una página en Internet de periodismo de investigación que se llama El Disenso donde aparecen declaraciones antiguas de ese mismo personaje refiriéndose a problemas que tuvo con el presidente, cuando Fernández era directivo del Grupo BAPRO -estamos hablando de tiempos de Eduardo Duhalde-.

    Está entusiasmado Fernández con el fraseo, la retórica que encontró para defender su Gobierno, sobre todo en oposición con Mauricio Macri en el Coloquio IDEA. Está entusiasmado con que los Kirchner lo estén dañando, quitando apoyo a Sergio Massa, sobre todo después de documento que el PJ bonaerense -con Máximo Kirchner y Pablo Moyano a la cabeza- dio a conocer el 17 de octubre en la Plaza de Mayo, que está en las antípodas de lo que necesita hacer Massa para renovar el acuerdo con el FMI. Fernández habla con Massa y le dice: “Viste, a vos te pegan como me pegaban a mí. No es un problema mío”. Y este deterioro de Massa da la impresión de que, en algún pliegue de conciencia, lo satisface y lo hace de nuevo dar un paso adelante.

    Arma su base. ¿Con quiénes? Con aquellos que, no por adhesión a Fernández, pero sí por temor a Cristina, están condenados a buscar una alternativa dentro del peronismo. La CGT tradicional, en estado de alerta frente a Macri, que los pone siempre en la picota porque entiende que el régimen laboral es uno de los grandes problemas de la Argentina, pero también frente al kirchnerismo duro, que dio una señal de un reformismo inconveniente para la CGT cuando en la Provincia el ministro de Salud, Nicolás Kreplak, empezó a avalar una especie de estatización del sistema de obras sociales. Ahí hay una señal de alarma. Los sindicatos tradicionales calculan: “No nos conviene el avance de Cristina. ¿Qué tenemos a mano? Por ahora a Alberto Fernández, que podrá estar devaluado, pero es el jefe de Estado, y tiene una lapicera que sigue siendo la del jefe del Estado”. Y del otro lado el Movimiento Evita, que tiene una relación muy conflictiva tanto con Cristina como con Máximo Kirchner, desde que ella dejó la presidencia y los liderados por Pérsico se alinearon con el gobierno de Cambiemos -o con el presupuesto del Estado- para mantener su enorme maquinaria, que depende precisamente de los impuestos que pagamos todos.

    El Movimiento Evita, conducido por Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro

    Hubo una reunión entre los sindicalistas y el Movimiento Evita. Por lo que sabemos, empezó de manera muy conflictiva. Terminaron con esto que estamos diciendo: “Bueno, lo peor que nos puede pasar es el avance en el poder de Cristina Kirchner. Tenemos que compensar eso desde el otro lado del sube y baja. La primera manifestación de este entendimiento entre Alberto Fernández y la CGT la encontramos ahora en el Presupuesto nacional. Como suele pasar, entre gallos y medianoche, aparece un artículo, el 127, que no estaba en la versión original que mandó Sergio Massa al Congreso, que fue incorporado en Comisión. Es para que el Estado y no los financiadores de salud -obras sociales, sobre todo- se hagan cargo de las prestaciones de alto precio, como los medicamentos y las tecnologías sofisticadas. Es una idea correcta. ¿Por qué? Porque hay una especie de descalabro con respecto a qué cosas debe y qué cosas no debe financiar el sistema de salud, por culpa de una clase política demagógica que fue incluyendo prestaciones sin ampliar el financiamiento de esas prestaciones. Más allá de que la idea sea correcta, la implementación que propone este artículo es un disparate. En primer lugar, porque le transfiere al Estado la obligación de pagar esas prestaciones que muchas veces son carísimas -hablamos de medicamentos que podrían salir un millón de dólares. Y, por otro lado, porque es la misma oficina del Ministerio de Salud quien va determinar si hay que pagarlo o no. Es decir, el organismo técnico que dictamina es el que tendría que pagarlo. Obviamente, va a haber un estímulo a no pagar prestaciones caras.

    Se habla de que hay prestadores que no van a poder, si no están registrados, recetar esas prácticas. ¿Dónde se abrió ese registro? No lo sabemos todavía. Le puede pasar a alguien que un médico le recete algo que el Estado después no le reconozca o no pueda cobrar porque le dicen que médico no está inscripto en un registro que todavía no se sabe cuál es. Una cantidad de imperfecciones, entre otras, por ejemplo, el establecer que para reclamarle al Estado determinada prestación costosa habrá que conseguir un dictamen judicial con sentencia firme. Ya no alcanzaría con una medida cautelar. Todo esto, que es un debate importantísimo -insisto, de bases razonables-. debería merecer una ley. No que pase como una especie de pacto negro entre el Gobierno y los sindicatos para aliviar a las obras sociales -no incluye necesariamente a las prepagas- de una carga enorme que está consumiendo los recursos de la salud.

    Pero lo que importa políticamente destacar es que en ese artículo hay un acuerdo importante, entre el sindicalismo y el Gobierno. El diálogo dentro del oficialismo, y esta es la premisa de este lanzamiento de Alberto Fernández, está roto. Un detalle más. Así como pasó con los últimos tres ministros que designó el Presidente hace 15 días, la designación del sucesor de Ferraresi, Santiago Maggiotti, tampoco fue consultada con Cristina Kirchner ni con La Cámpora. Es decir, el Presidente se ha apropiado de su propio gabinete, y hace saber que no consulta. Hay que plantear algo más importante, de acá a enero: ¿Quién va a ser el sucesor de Manzur? ¿Quién va a ser el jefe de Gabinete de este Gobierno durante el año electoral? Lo podríamos poner en otros términos: ¿quién va a ser el jefe de campaña del Frente de Todos o de la candidatura de Fernández? Esa posición, que es el jefe de los ministros, ¿va a ser conversada entre el Presidente y la vicepresidenta o van a seguir en líneas divergentes? Es una pregunta importante porque, si esa divergencia se profundiza, tenemos derecho a preguntarnos si no va a haber un momento en el que Alberto Fernández expulse al Gobierno a los funcionarios de La Cámpora que manejan oficinas tan importantes y acaudaladas como el PAMI y la ANSES, que son territorios de Máximo Kirchner.

    Difícil conciliar esta pelea interna. Hay como una especie de malentendido que uno no sabe si es deliberado, si no hay una decisión política de romper, si cada uno no se siente más cómodo sin el otro. Formalmente, la dirigencia de La Cámpora le pide al Gobierno que arme una mesa de discusión política para pensar el futuro electoral con un acuerdo. Como respuesta, le dicen a Máximo Kirchner: “Bueno, pero Alberto quiere que antes de armarse esa mesa hables con él”. Y responde Máximo: “¿Qué sentido tiene hablar con Alberto?”. Ya no se habla, el que era presidente de bloque, figura principal del kirchnerismo, presidente del PJ bonaerense, con el Presidente de la Nación.

    Es una incomunicación riesgosa porque tienen que ir a un enfrentamiento electoral. Entonces, hay una fractura que es muy importante advertir porque puede estar señalando cuál puede ser la dinámica electoral el año que viene y que tiene relación directa con la realización de las PASO. Están en una encerrona. No es fácil resolver esta situación. ¿Por qué? Porque es muy difícil para Cristina Kirchner enfrentar a aquel al que puso como un delegado a través de un tuit un sábado a la mañana. ¿Cómo hace para que en nuestra cabeza se desacople que ella es Alberto, y que Alberto está ahí por ella? ¿Cómo enfrentar siendo oficialistas al Presidente? Bueno, podríamos decir “que pongan a otro, que no vaya Alberto”. Hay una experiencia anterior, ajena al Frente de Todos, que ilumina este problema. Fue cuando un sector de Juntos por el Cambio -entonces Cambiemos- quiso reemplazar la candidatura de Macri por la candidatura de María Eugenia Vidal. Febrero de 2019 aproximadamente. En esa oportunidad, Alberto Fernández, que no era ni siquiera candidato a presidente, en un diálogo con el periodista Diego Genoud para un libro que se llama El peronismo de Cristina razonó de la siguiente manera, muy correcta: “Es inevitable que el candidato sea Macri porque si ponen a otro candidato yo, desde el otro lado, le preguntaría por qué en esa silla no está Macri. Y en el intento de responder habría una confesión de que todo ese oficialismo fracasó”.

    Roberto Navarro entrevistó a Máximo Kirchner

    Máximo Kirchner le concedió una entrevista importante a Roberto Navarro en la que habló de su relación con Alberto Fernández. “Para un oficialismo, que su presidente vaya a PASO con otros competidores es, por lo menos, extraño. No sé cuál es la otra opción, no tengo idea en qué andan”, dijo. Esa última frase es extraordinaria y muy sincera. Habla del Gobierno, de Alberto Fernández, Santiago Cafiero, Tolosa Paz, el corazón del oficialismo. El Gobierno está en una encerrona y Máximo Kirchner tiene razón. Navarro le pregunta entonces: “¿El candidato es Alberto?” Y no, tampoco puede ser él, quien preside un Gobierno que, según el propio Máximo Kirchner, entre otras cosas, puso de rodillas al país frente al campo. Si quisiera votar al Presidente para la reelección, ¿cómo vuelve de no haber votado el acuerdo con el Fondo, que es la columna vertebral en materia económica de toda esta gestión? No hay que suponer que tienen una estrategia definida y clara. Están en un problema cuyo origen es el tipo de aparato de poder que diseñó Cristina Kirchner cuando decidió ponerse ella fuera de la presidencia, ponerse en la vicepresidencia y poner como candidato a presidente a Alberto Fernández, alguien que se preciaba de pensar en sentido contrario, en las antípodas de lo que pensaba ella. Es difícil que de un diseño de esa naturaleza surja algo productivo, sustentable. Es un auto que está hecho para ser visto, pero donde uno lo pone en marcha se rompe.

    Mientras tanto, Alberto Fernández -en contra o a favor de lo que piensa Máximo Kirchner- no solamente está pensando en su candidatura a presidente sino en su vicepresidente. Y entre los nombres que baraja está el de Daniel Scioli, a quien otros amigos de Fernández, como por ejemplo su locador Pepe Albistur, sueña como candidato a jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

    Más allá de estas especulaciones respecto de Fernández hay un problema: la candidata más competitiva que tiene hoy este oficialismo es Cristina Kirchner. El Gobierno contrata encuestas en las que, si las elecciones fueran hoy, Cristina Kirchner duplica en intención de votos la suma de Alberto Fernández y Sergio Massa. El Presidente tiene 6% de intención de voto; Massa tiene 6% de intención de voto. Sumados da 12%, mientras que Cristina tiene 24%. Es un problema, porque nadie sabe si Cristina quiere ser candidata, entre otras cosas porque, como en 2017, está condicionada porque tiene que tener fueros por la situación judicial endiablada en la que está metida. En cualquier caso, los fueros son un blindaje indispensable para la vicepresidenta y esto le impide pensar con libertad una estrategia electoral.

    Hay algo que va a ocurrir en los próximos días que es decisivo para todo esto que estamos hablando: el resultado de las elecciones en Brasil. El kirchnerismo, Cristina, La Cámpora, se miran en Lula. Miran a un candidato de izquierda, popular, que representa a los sectores más desposeídos o indignados del sistema. Hay que mirar el mapa electoral de Brasil: Lula tiene un 48% que se concentra básicamente en el nordeste y en los grandes conurbanos (un formato idéntico al del kirchnerismo o al del peronismo en general) e intenta volver al poder en una carrera muy peleada con Jair Bolsonaro, después de una gran peripecia judicial que lo llevó a la cárcel. No sabemos qué va a pasar con Brasil.

    Un detalle ínfimo en medio de todo esto. Ya que hablamos de Scioli, si gana Lula tiene que volver, porque se hizo demasiado amigo de Bolsonaro. Lula lo tiene en la lista negra porque recuerda muy bien que en el año 2015 vino a la Argentina a hacer campaña por él.

    De las encuestas serias de Brasil no hay ninguna que le dé a Bolsonaro el triunfo el próximo domingo en el ballotage, ahora es cierto que los mismos sondeos le daban a Bolsonaro una situación mucho más desfavorable de la que finalmente tuvo en la primera vuelta. Hay un criterio en Brasil que se puede seguir: así como se dice que en Estados Unidos Ohio es el promedio del electorado norteamericano, así como por años se pensaba que Tandil, tierra de Macri, era el promedio de la provincia de Buenos Aires, Minas Gerais sido siempre el promedio de lo que vota Brasil. ¿Qué pasó en ese estado? En la primera vuelta, Lula ganó por 48% contra 43% de Bolsonaro. El gobernador de Minas Gerais es de Bolsonaro y se volcó a favor del presidente, no quiso permanecer neutral. Ahora tenemos encuestas que nos dicen que Lula va a ganar por 51%, es decir, sumaria tres puntos en ese estado, y Bolsonaro pasa de 43% a 48%. Si esto es una dinámica, no habría que descartar que Bolsonaro desborde a Lula, sobre todo si tenemos en cuenta que hay mucha gente que, con grandísima razón, con muchos motivos, tiene vergüenza de decir que vota a alguien tan impresentable como Bolsonaro. Muchísimos lo votan por animadversión con Lula y con la imagen de corrupción que encarna el PT. Quiere decir que si miramos Mina Gerais hay una gran incógnita, pero si vemos la aritmética fría, Lula le ganó a Bolsonaro por seis millones de votos, y los demás candidatos entre todos sacaron 10 millones de votos. Esto quiere decir que si todos lo que votaron a Lula lo vuelven a votar y todos lo que votaron a Bolsonaro lo vuelven a votar, y el resto concurre a votar, haría falta que, de cada diez brasileños, nueve de esos que votaron por terceras fuerzas voten el próximo domingo por Bolsonaro. Solo así daría vuelta la elección. Lo cierto es que todo puede pasar.

    Lula y Bolsonaro debaten de cara a las elecciones presidenciales de Brasil

    Hay una razón en particular por lo que esto es importante y es que toca la política argentina. Cristina que es muy cautelosa, está disponiendo las piezas con el propósito de tener la lapicera al final del camino. Más tarde verá si la utiliza para escribir su nombre o para escribir el nombre de otro. En cambio, entre sus seguidores hay quienes si ven que pierde Bolsonaro van a empezar ese domingo a la noche con el operativo clamor “Cristina 2023″, que eran las banderas que se veían el 17 de octubre en la Plaza de Mayo. El triunfo de Lula, la derrota de Bolsonaro, tiene una proyección sobre el estado de ánimo del kirchnerismo muy importante.

    Esto hace juego con algunos datos concretos. Hay gente de La Cámpora participando de la campaña de Lula y además están estudiando el discurso de Lula por si prefigura el discurso de una eventual Cristina candidata. Lo que destacan de ese discurso es que Lula en toda esa campaña no nombró ni una vez a Dilma Rousseff, que era su Alberto. Quiere decir que hay una observación muy detenida por parte del kirchnerismo sobre lo que puede pasar en Brasil el domingo que viene.

    Entonces, no sabemos qué está pensando Cristina. Hubo una comida con Lula en diciembre pasado en la casa de “Wado” de Pedro, en Mercedes. con Lula anticipó su estrategia y dijo que iba a girar hacia el centro. Allí explicó que estaba pensando en un acuerdo con Fernando Henrique Cardoso, que es el acuerdo al cual llegó llevando como segundo a Geraldo Alckmin. Esta estrategia, ¿la podría llevar adelante el kirchnerismo en el orden nacional, con un candidato que no sería Alberto Fernández? Algo de esto contesta Máximo Kirchner en su diálogo con Roberto Navarro. Dice dos o tres cosas importantes: “Wado tiene una edad interesante para ser candidato a Presidente”. Estamos viendo que Wado De Pedro quiere ser candidato y hace un esfuerzo gigante por ir al centro, por hablarle a los empresarios. O al embajador norteamericano. Wado es director por el Estado de Telecom, la principal empresa en volumen del Grupo Clarín. Máximo Kirchner dice además que no cree que Cristina quiera ser candidata a presidenta. Y dice algo más novedoso: que Axel Kicillof debería reelegir en la provincia de Buenos Aires. Esto posiblemente le genere algún chisporroteo con Martín Insaurralde, que es parte del grupo de intendentes que no quiere seguir delegando el poder de la provincia de Buenos Aires en Kicillof.

    El gobernador también está en problemas, porque ve que, si Cristina se repliega a la senaduría para obtener con la banca los fueros, el kirchnerismo presionaría para que él sea el candidato a presidente. Ya demostró en 2019 en la provincia de Buenos Aires que él es capaz de retener el voto de Cristina, operación que no todos los seguidores de la vicepresidenta son capaces de practicar.

    Estos son los candidatos, pero hay algo tal vez más determinante que es el método. ¿Va a haber internas o no va a haber internas? ¿Va a haber primarias o no va a haber primarias? Después de que se trate el presupuesto veremos si no hay una arremetida del kirchnerismo y de parte del peronismo en tratar la suspensión de las primarias.

    Hablando del presupuesto, hay otro artículo sorprendente: el artículo 89 corrobora algo que veíamos el anteaño pasado, y es que va a haber una especie de jubileo con las grandes deudas que las distribuidoras eléctricas tienen con CAMMESA, con la operadora del mercado eléctrico. En este artículo se afirma que les van a dar a esas distribuidoras un plan de 96 cuotas. Las generadoras de energía cobran en arreglo con los gobernadores, porque no están reguladas por el Estado nacional. Sin embargo, muchas de ellas no le pagan a CAMMESA. Lo que cobran se lo quedan y ahora van a financiarse con CAMMESA, es decir con nuestros impuestos. Entre los que pensaron esta trampa antes que nadie son Daniel Vila y José Luis Manzano, santos patronos de Sergio Massa.

    Después de que se trate el presupuesto, donde se encuentran estas sorpresas, se va a discutir si hay o no PASO. Esto es importante porque entre las funciones que tienen las PASO es que adelantan, como una especie de encuesta perfecta, cuánto pesa en la balanza cada candidato. En ese adelanto se reorienta el voto. Si alguien vota a un candidato X y ve que no tiene el arrastre, la competitividad, el atractivo que pensaba, puede pensar que en la primera vuelta es mejor votar a otro. Esto es lo que pasó en 2019 con mucha gente que votó a Lavagna. Ve que no gana, no quiero que gane el kirchnerismo, y bueno, voto a Macri. Macri pasó a sacar el 41% de los votos por el corrimiento de lo que sería el voto útil. Si se elimina esa anticipación y se disputa a ciegas la primera vuelta es posible que no haya esa concentración en pocos candidatos. Que haya muchos candidatos en condiciones de entrar al ballotage con muy poca intención de voto. Mientras tanto, los votos propios son los de la primera vuelta.

    Habría otra incógnita. ¿Cuántas bancas tendría el ganador? Porque las bancas de diputados se distribuyen en la primera vuelta, no con 45 o 50% que sacó en la segunda vuelta, sino con los 24, 25 o 30 que sacó en la primera. Es decir, si no hay PASO estamos construyendo un presidente débil, del signo que sea. Para decirlo en términos del barrio: “¿A quién le ganaste?” A nadie. En el mismo proceso de las primarias hay algo virtuoso. Hay que tener una estrategia, hay que tener argumentos. No es solamente que los kirchneristas peleen con los macristas y viceversa. Hay una pelea entre parecidos que obliga a una mayor argumentación. Y eso enriquece el debate y eventualmente al futuro gobierno. ¿Por qué es importante? Porque esto de lo que estamos hablando, un presidente débil con una gran dispersión electoral y con poco poder parlamentario, está pasando en toda América Latina. Eventualmente es lo que le va a pasar a Lula, que va a tener un Congreso no dominado por Bolsonaro, pero si por la derecha. Parte de esa derecha va a acordar con él. Pero pasó en Ecuador, pasó en Perú, pasó en Chile.

    ¿Vamos en esta dirección? Es tan fácil como ver el compromiso del Gobierno con el Fondo Monetario Internacional.

    Si vemos el balance primario, nos encontramos con un déficit de 2,5 para este año. El FMI le pide al Gobierno que pase en 2023 de 2,5 a 1,9. Pero al próximo gobierno le pide que pase de 1,9 a 0,9 y después a 0 en 2025. Es decir, hay un esfuerzo enorme para hacer. Vamos a ponerlo en términos correctos: el Fondo Monetario le está pidiendo un ajuste feroz no a este Gobierno sino al que viene. ¿Qué poder va a tener ese presidente? Ahí está la relación entre la conveniencia o no de las primarias y el manejo de la economía. ¿Qué mandato va a tener? ¿O volvemos a otro Alberto Fernández? También podemos volver a Macri, que explica en su nuevo libro Para Qué que lo que no pudo hacer se debió justamente a que no tenía un mandato electoral claro o que no tenía el volumen de poder suficiente como para mover esta piedra que está trabando el desarrollo argentino hace más de una década.

    Carlos Pagni

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