CFK en modo campaña, mientras Mauricio no se decide. Por Mónica Gutiérrez

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    La irrupción de la Vicepresidenta acelera los tiempos electorales. Por su parte, la indecisión del líder del PRO no solo desordena el espacio que pretende liderar potenciando los roces sino que comienza a mellar su pretendida posición de poder.

    La reaparición de Cristina Fernández este viernes marcó la apertura de la campaña electoral. “Voy a hacer lo que tenga que hacer para que el pueblo recupere la alegría’”, dijo en el cierre.

    Arropada en un encendido operativo clamor, rodeada de dirigentes y militancia la Vicepresidenta de la Nación se mostró exultante en la reivindicación de los 12 años de administración kirchnerista que la tuvieron como protagonista junto a Néstor Kirchner.

    No incluyó en su discurso referencia alguna ponderativa a los tres años del actual gobierno al que pertenece y cuya fórmula ella integra, diseñó e impulsó sin consultar a nadie.

    Aseguró no estar arrepentida de la decisión política que impuso, y que llevó al actual presidente a la Casa Rosada, pero pidió que sea evaluada en el contexto de época en que ocurrió.

    “Cortenlá con los indignados”, dijo en referencia a los militantes de Revolución Federal. “Son indignados pagados por empresarios macristas que recibieron millones para generar un clima de odio. Me quieren de acusada, no de víctima”, concluyó.

    Cargó contra los mercados concentrados y dijo que es el Gobierno el que tiene que terciar por la distribución de los ingresos. Llamó a rediscutir cada punto del PBI en el Presupuesto. Según Cristina, los trabajadores pagan más de ganancias que el conjunto de todas las empresas.

    Convocó a un nuevo acuerdo democrático y un consenso económico para salir del bimonetarismo y fustigó a los que quieren una devaluación. “Están colocados en dólares”, dijo.

    Reivindicó que el ministro de Economía está haciendo un gran esfuerzo administrando las consecuencias de lo que pasó. Nunca mencionó a Sergio Massa, ni a Alberto Fernández por sus nombres propios. “Vengo a hablar en nombre de lo que hicimos”, dijo. Y agregó: “Hubo una etapa en la que pudimos. En la que los trabajadores podían ahorrar”. No se refiere, claro, al actual período de gobierno.

    La irrupción de CFK acelera los tiempos electorales. Mientras esto ocurre en el Frente de Todos, en la oposición pasan cosas y no son precisamente buenas.

    Mauricio Macri no dispone de mucho más margen para sostener la indefinición. Es momento ya de cortar con sus debates más íntimos y decidirse. La prolongación de sus devaneos en torno a presentar o no una candidatura presidencial comienza a dañarlo. Alguien se lo tiene que hacer saber.

    Su persistencia en la duda, en el “si pero no”, con el que coquetea desde hace meses, no solo desordena el espacio que pretende liderar potenciando roces y enfrentamientos sino que comienza a mellar de manera sostenida su pretendida posición de poder. Mientras él debate con su fuero íntimo si le conviene o no le conviene, la coalición ofrece un espectáculo desesperanzador.

    “Nadie me va a disciplinar”, descerrajó Patricia Bullrich a modo de respuesta a una componedora invitación a desayunar en dulce montón a la que convocó Macri.

    Mucho más modoso fue Horacio Rodríguez Larreta a la hora de sacar del centro de la escena al bueno de Mauricio. “Tenemos una mesa en la que todos participamos…somos un equipo”. Nada de “primus inter pares”.

    Mauricio Macri empieza a ser cuestionado como líder y como componedor entre los suyos.

    La presidenta del PRO no vaciló en recordar que él también hizo un invalorable aporte al malestar interior de la coalición cuando señaló a Hipólito Yrigoyen como el primer populista en la Argentina.

    En orden a bajar la espuma del revuelo que generó el videíto en el que la jefa del PRO amenazó con romperle la cara al artista Felipe Miguel, minimizó el asunto y pretende moderar a quienes considera su tropa convocando a un encuentro mañanero para la reconciliación. No estaría consiguiendo el quórum.

    “No hay ningún desayuno previsto en la agenda de Patricia”, aseguraban los suyos en la tarde del viernes.

    Patricia Bullrich no es de andar con vueltas. Hace un culto de su frontalidad. Ahora está decidida a ir por la presidencia a como dé lugar. Ya ha hecho saber que se presente o no se presente Mauricio Macri ella está para competir en las PASO. No le interesa otra opción. Lo dice una y otra vez.

    Hay quienes piensan que “la piba” le está haciendo el aguante a Macri, que le va alineando dirigentes para el caso de que finalmente el fundador del PRO se decida. Está claro para todos que si Macri va por su segundo término, uno le saca votos a la otra y viceversa.

    Quienes acceden a la intimidad de Bullrich sostienen que la muchacha brava no quiere ser ninguna otra cosa que Presidenta de la Nación, ni vicepresidenta, y jefa de Gobierno, ni gobernadora, ni nada.

    Su equipo de campaña asegura no saber quién difundió el controvertido videíto en el que se ve a la ex ministra de Seguridad en modo barrabrava aferrada al paravalanchas. Sí, en cambio, admiten por lo bajo estar trabajando para exponer contradicciones del jefe de gobierno de la Ciudad con pretensiones presidenciales.

    La relación es compleja entre los dos precandidatos del PRO. De mutua desconfianza, tirante. En el bunker bullrichista se da por sentado que HRL hace uso y abuso de los recursos de la Ciudad para la campaña presidencial del mandamás de la calle Uspallata. La selfie de la discordia, en la que Patricia se muestra con Jorge Macri, en una suerte de oficialización de su candidatura a jefe de Gobierno de CABA, no se hizo sin antes acordar con Mauricio Macri.

    Está claro, que el corazón político del ex presidente está del lado de quien fuera su ministra de Seguridad. En la reunión de argentinos residentes en Uruguay que le organizaron a Bullrich estuvo en primera fila Gian Franco Macri, el hermano con el que la relaciones están en muy buenos términos.

    La relación entre Macri y su ex ministra es buena, pero Bullrich piensa en un gobierno más abierto que el que supo encarnar el ex presidente de Boca. Ella quiere presidir un gobierno de coalición. El de Macri no lo fue, se la escucha decir a modo de autocrítica. Más abierta, se sabe que está en conversaciones con Alfredo Cornejo, eventual acompañante en una fórmula cruzada.

    La relación de Bullrich con Larreta puede definirse como compleja. “Que Larreta discuta conmigo y no mande a sus soldados”, lo desafía. Ella no le reconoce liderazgo alguno. Hay mucho recelo y desconfianza en torno a un tema sensible: la utilización de los recursos de la Ciudad para la campaña del jefe de gobierno. Dicen que se alejó de los valores del PRO y que decide todo con una mesa chica ignorando a su gabinete.

    “No me pienso enganchar”, es la respuesta de Larreta frente a la arremetida de su contendiente. Ondas de amor y paz para preservar la unidad de Juntos por el Cambio.

    Mauricio Macri pretende ver pasar el tembladeral desde un pedestal. Se siente manejando los hilos. Los que hablan seguido con él aseguran que no tiene una decisión tomada acerca de si jugar o no. Lo ven dubitativo, cambiante, indeciso en relación a esa posibilidad. Lo perciben disfrutando el poder desde otro lugar, desde afuera.

    En lo inmediato todo lo que se sabe es que se va a Qatar. Un mes de Mundial fuera de este valle de lágrimas. Del Mundial a Navidad y fin de año sin transición. Cada día que pasa complica más a los suyos y deteriora su chance de liderar.

    El debate está abierto. Es de fondo, pero también de estilos. Es de halcones y palomas. De duros y moderados. Macri minimiza los roces. Da de comer a los halcones y pide que no lo agredan. Su indefinición potencia el resquebrajamiento del PRO. También debilita a la coalición.

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