Las batallas secretas de Javier Milei. Por Joaquín Morales Sola

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    El Presidente ha dicho entre los suyos que no le importa ser un gobernante, bueno o malo, sino un histórico y crucial reformador de las convicciones argentinas

    Cuando Guillermo Francos consiguió el imprescindible dictamen de comisión para la Ley Bases, ya en la ingrata hora de la fría noche del miércoles, sabía que solo había ganado una parte de la batalla.

    La otra parte podría librarse dentro de diez días cuando ese proyecto clave del Gobierno sea tratado por el plenario del cuerpo. Si se cuentan bien las firmas de ese dictamen (28), para la aprobación de todo el Senado se necesitarán casi diez votos más (37).

    Los senadores le hicieron varios cambios al proyecto aprobado por la Cámara de Diputados; por lo tanto, esa iniciativa deberá volver a la Cámara baja cuando sea aprobada por el Senado. Francos está confiado: recibió garantías de que las modificaciones senatoriales serán aprobadas rápidamente por los diputados.

    Veremos. El nuevo jefe de Gabinete debe balancearse entre la negociación, que es inherente a él y a su cargo, y un atributo fundamental de la batalla cultural que se propone liderar Javier Milei.

    El Presidente ha dicho entre los suyos que no le importa ser un gobernante, bueno o malo, sino un histórico y crucial reformador de las convicciones argentinas. De las tres batallas, así las llama, que está dispuesto a despachar de manera simultánea, Milei se encarga personalmente de la cultural. Pero ¿qué significa para él la batalla cultural? Dispararle al Estado, su enemigo y su obsesión. Como los viejos anarquistas de principios del siglo XX, Milei detesta al Estado a tal punto que suele describirlo como una “asociación criminal”.

    A diferencia de aquellos anarquistas de hace más de un siglo, que se abrazaban sobre todo a las luchas sindicales, el actual presidente argentino aspira a un anarquismo gobernado por el capitalismo. Esto es: un capitalismo sin Estado.

    Lo único que une a los anarquistas del siglo pasado y Milei es que ambos quieren terminar con el Estado. ¿Es un proyecto serio o es solo una utopía? Tal vez sea una estrategia para llevar las cosas al otro extremo y devolverlas luego al lugar que les corresponde. No existe una experiencia en el mundo de un país fuerte y serio sin Estado. ¿Acaso Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña, para poner solo algunos destacados ejemplos, no tienen Estado? Una Argentina sin Estado hasta haría imposibles las políticas de Milei sobre defensa y seguridad, que son dos tareas esenciales del Estado.

    Otra cosa es la discusión sobre el tamaño del Estado, sobre su capacidad para hurgar en la vida de los ciudadanos y sobre su predisposición para desvalijar a los argentinos con una insoportable carga impositiva. El 40 por ciento del trabajo se realiza en negro en el país porque ni las pequeñas empresas ni el comercio ni los empleados están en condiciones de aguantar la carga impositiva que se implementó desde los albores del kirchnerismo.

    Un funcionario de Milei se asombraba por el precio en el exterior (barato) de los más modernos autos que consumen energía eléctrica. El Estado local debería detenerse primero en el desmesurado nivel de impuestos que tiene aquí el precio de un auto común.

    El Estado presente fue, en efecto, la más descarada fábula que les contaron a los argentinos en las últimas dos décadas. Prometer la inexistencia del Estado, o referirse a este como una “asociación criminal”, es también un relato ficcional de algo que nunca sucederá. No deja de ser una buena noticia, con todo, que los argentinos comiencen a ser conscientes de que el Estado resuelve solo los problemas esenciales, no toda la vida de los ciudadanos.

    La segunda batalla es la de “la macro”, como la definen, y se refiere sobre todo al equilibrio de las cuentas públicas; a la no emisión de dinero espurio; a una inflación que cambió de tendencia; a un dólar más o menos estable, aunque con algunos estertores, y a la acumulación de reservas en el Banco Central.

    El ministro de Economía, Luis Caputo, y el propio Milei suelen decir que están satisfechos por la evolución de “la batalla por la macro”, aunque el ajuste que aplicaron fue tan profundo que provocó una importante recesión de la economía. Como dicen los encuestadores, para los argentinos el problema dejó de ser la inflación y ahora la preocupación social se cifra en el peligro de perder el trabajo. La incipiente reactivación económica que detectaron algunos economistas está atada sobre todo a la producción agropecuaria (que zafó de la sequía del año pasado), a la actividad petrolera y a la minería.

    La parálisis sigue aquejando, en cambio, a la industria (con algunas excepciones en la agroindustria), al comercio y a la construcción, que significan el 40 por ciento del PBI argentino. Los números macro son, en efecto, mucho mejores que los que había en el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, pero la crisis de la economía no se superó. Milei está convencido de que luchando contra el Estado se resolverán todos los conflictos económicos.

    Está por verse. La tercera batalla es contra la casta. En primera fila está la política y ahí es donde Francos se tupacmariza; lo sacude de un lado la casta que está en el Congreso, y que le exige concesiones para aprobar leyes de un gobierno extremadamente débil en el Parlamento, mientras forma parte de una administración que le declaró la guerra a toda la dirigencia argentina. Esa guerra tiene un general, Milei, y muy pocos soldados. Por ahora, está ganando el pragmatismo de Francos. ¿O es el pragmatismo de Milei? No dejemos de observar al otro Milei, el que no aparece en público, porque no es casual que haya ascendido a Francos al cargo más alto de la administración pública y que, al mismo tiempo, le haya permitido retener, aunque no formalmente, un ministerio clave como es el del Interior.

    La cartera que hizo célebres en la historia a ministros como Alfredo Vítolo, Antonio Tróccoli o Carlos Corach reducida a una simple Secretaría del Interior. Sin embargo, Milei parece no descreer tanto de la política ni de la negociación; el ungimiento de Francos es la prueba. La vertiente sindical de la casta es la que más atrae al Presidente.

    Es la que más tiempo lleva en el poder (algunos de sus dirigentes vienen de la época predemocrática), está atiborrada de privilegios y se financia con recursos del Estado y de los propios trabajadores. En la semana que pasó, el sindicato ferroviario condenó a un millón de personas a tolerar inhumanas demoras en ese esencial servicio del transporte público.

    Los dirigentes de la CGT, que ya le hicieron dos paros generales a Milei, solo se movilizan cuando están en peligro sus privilegios, su financiamiento o su estabilidad en el poder sindical. Milei, lector ávido de encuestas, sabe también que es el sector de la casta más impopular. Desde hace décadas, los sindicalistas compiten con los políticos y con la Justicia por el último lugar entre los sectores con menos simpatía social.

    La sorpresiva elección de Milei al frente del Estado tiene muchas explicaciones y una de ellas es la finitud de las corporaciones preexistentes. Según desliza Milei entre íntimos, una parte significativa de la casta está protagonizada también por quienes describe como los “empresarios prebendarios”.

    Su plan consiste en someter al empresariado argentino a la competencia interna y externa porque cree que no sabe hacer eso. Cuando el Presidente se refiere a los “prebendarios” está hablando de los empresarios que reciben subsidios, excepciones impositivas (Tierra del Fuego es el mejor ejemplo) y los que promueven una economía cerrada y protegida. Funcionarios mileístas se sorprendieron por la capacidad de lobby de algunos sectores empresarios. Uno de los más notables es el sector que se hizo dueño y señor de la riqueza pesquera argentina.

    La riqueza ictícola es propiedad de todos los argentinos, pero un grupo de unas 30 empresas se benefició con leyes, decretos y reglamentos para que solo ellas puedan acceder a esa enorme reserva nacional. La letra original de la Ley Bases contenía un artículo que desregularizaba toda la actividad pesquera a partir del final de las actuales concesiones. No tuvo ni un solo voto a favor en el Congreso, ni siquiera el de los mileístas.

    El poder oculto es más eficiente que el poder formal. Mauricio Macri suele decir que la existencia de Milei se justificaría si solo quebrara la vieja estructura del poder en la Argentina. Por eso, también, quiere preservar a Pro como partido independiente, más allá de sus eventuales alianzas electorales.

    Patricia Bullrich le planteó al expresidente una competencia inútil por el liderazgo de Pro, el partido que fundó el propio Macri. Bullrich llegó en su momento a Cambiemos como aliada con un partido propio. No puede arrogarse ahora la propiedad de la organización política que comenzó como un partido vecinal y terminó, coalición mediante, en la presidencia de la Nación.

    La posición de Bullrich tiene el defecto de que le permite a Milei soñar con cooptar a Pro, y conlleva la promesa implícita de la desaparición de ese partido. Promesa y sueño son una receta inoportuna porque el país necesita alternativas políticas cuando no hay alternativas.

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