Es imposible que un menor de edad circule por una ruta habitualmente con una moto, muchas veces modificada (con escapes libres o sin luces) en contramano, sin que los padres se enteren o lo sepan.
Al entregar las llaves, facilitar el dinero para el combustible o simplemente no cuestionar qué hacen los jóvenes fuera de casa, los padres se convierten en cómplices silenciosos. El “querer que mi hijo se divierta” no puede estar por encima de su supervivencia.
Circular en contramano por una ruta nacional como la 50 (con el flujo de camiones y vehículos que maneja) es, en la práctica, un juego de ruleta rusa. Los padres que permiten esto olvidan que una moto a contramano no solo pone en riesgo al joven, sino que convierte a un conductor inocente en un potencial homicida o víctima involuntario, destruyendo familias que nada tienen que ver con su negligencia.

Las motos en contramano pasn por detras del puesto policial en la autopista de la ruta 50
Muchos padres confunden el “dar libertad” con el abandono de límites. La adolescencia es una etapa de impulsividad natural donde el cerebro aún no mide consecuencias a largo plazo. Ahí es donde debe aparecer la figura adulta como reguladora. Si el padre no pone el límite, lo termina poniendo la física, el asfalto o, en el peor de los casos, una tragedia irreversible. La falta de empatía social existe como tambien una falta de civismo profunda.
Al permitir que sus hijos ignoren las normas básicas, los padres están educando ciudadanos que creen que su deseo individual está por encima del bienestar común.
La ruta no es una pista privada; es un espacio compartido donde la imprudencia de uno se paga con la paz de todos.Un hijo que circula en contramano por la ruta es un grito de auxilio sobre la falta de autoridad y cuidado en casa.
Los padres deben despertar antes de que el arrepentimiento llegue en forma de sirenas o noticias fatales.
Matias Saracho
Cuidar a un hijo también es saber decirle que no, quitarle la llave y enseñarle que la vida de los demás es sagrada.






