Cristina quiere, pero no puede mirarse en el espejo de Lula. Por Fernando González

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    La Vicepresidente esperaba una victoria holgada del brasileño para lanzarse a otra aventura presidencial. Pero las cifras del Gobierno K y las encuestas la alejan de cualquier posibilidad.

    Lula tuvo su Día de la Lealtad en la Argentina. El 17 de octubre de 2012 se subió al escenario del Coloquio de IDEA en Mar del Plata y deslumbró a los políticos y empresarios argentinos con un discurso que siempre empezaba de la misma manera. “Yo no conozco la pobreza; yo fui pobre”, decía con esa voz ronca que es una de sus cartas de presentación. Después mostró sus manos de tornero y el dedo perdido trabajando en una metalúrgica.

    “Es el político latinoamericano que mejor interpretó al peronismo de los últimos años”, explicó esa noche el encargado de presentarlo, el gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota, fallecido años después en un accidente de tránsito. Todos lo rodeaban porque querían su selfie con Lula. Cristiano Rattazzi y Hugo Moyano se llevaron la suya. El brasileño sonreía porque todavía no sabía que pronto iba a quedar 19 meses preso por corrupción, y que una década más tarde iba a volver al poder.

    En aquella semana de octubre, Lula fue a almorzar con Cristina Kirchner. También tuvo que bancarse un almuerzo con Amado Boudou. Castigos de la izquierda latinoamericana. Claro que después, cuando quedó preso en una cárcel de Curitiba, comenzó a mirar con más simpatía la teoría del lawfare que su amiga argentina mencionaba en los discursos para transformar las acusaciones por los escándalos de corrupción en un ataque dirigido por el Imperio Americano junto a jueces y periodistas.

    El año pasado, cuando Lula Salió en libertad y se lanzó a la campaña para regresar al poder, Cristina comenzó a observar atentamente sus movimientos para imitarlos en la Argentina. El plan era subirse a la ola regional de los triunfos de Gabriel Boric en Chile y de Gustavo Petro en Colombia para construir una red de protección ante la inminencia de una condena judicial por corrupción en la causa Vialidad. Si arrasaba Lula después de la prisión, Cristina intentaría construir un camino parecido.

    Los problemas para Cristina se hicieron evidentes con el resultado de la primera vuelta, el pasado 2 de octubre. Lula no arrasó ni mucho menos, y apenas aventajó por cinco puntos al populismo de extrema derecha que lideraba Jair Bolsonaro. Tal vez por eso, ella no estuvo en Brasil el domingo. Preocupada por la paridad que mostraban las encuestas para el ballotage, prefirió enviar al embajador kirchnerista en el gobierno que comparte con Alberto Fernández: el ministro del interior, Wado De Pedro.

    La Vicepresidenta siguió los cómputos de la segunda vuelta en Brasil desde su casa. Y solo posteó un tuit de celebración cuando se confirmó que Bolsonaro no podría alcanzarlo tras una elección durísima y ubicarse a menos de dos puntos del mecánico y gremialista de 77 años. “Gracias compañero Lula por devolverle la alegría y la esperanza a nuestra América del Sur”, escribió Cristina en las redes sociales junto a una foto colorida que los muestra a los dos sonriendo. Ahora sí podía mirarse un poco más tranquila en el espejo continental del presidente brasileño.

    La gran incógnita para el kirchnerismo pasa ahora por definir si intentarán frenar o no las PASO en el Congreso. Los números son muy ajustados, pero los cálculos señalan que será muy difícil vencer a Juntos por el Cambio si la oposición elige sus candidatos a través del mecanismo de elecciones primarias. El problema es que la política y la simetría no maridan como lo planifican los dirigentes. Y aunque Cristina lo ansía y lo necesita, le faltan muchas condiciones indispensables para poder ponerse a resguardo en el espejo de Lula. La primera gran diferencia hay que buscarla en el discurso triunfal del domingo a la noche.

    “El pueblo brasileño dejó en claro que quiere más y no menos democracia. No hay dos Brasil. Somos un solo país, un solo pueblo, una gran nación”, planteó de entrada Lula, en un intento inmediato de consenso luego de que los resultados electorales mostraran el mapa de un país absolutamente fracturado. Primer dato que deberán registrar Cristina y el kirchnerismo, portadores de un relato que prioriza a dos Argentinas irreconciliables.

    El otro plano que abordó Lula en sus primeras palabras a los brasileños marcaron una línea de trazo grueso institucional. Reafirmó su compromiso por “reconstruir el país en todas las dimensiones, desde la política y la economía hasta el plano internacional”. Y anunció que “retomará el diálogo con el poder legislativo y judicial para reconstruir la convivencia armoniosa y republicana entre los tres poderes”. Otro punto que hace agua en la agenda política de la Vicepresidenta y de sus seguidores.

    Claro que la mayor de las diferencias entre la situación de Lula y la de Cristina no pasa por lo discursivo. Sus caminos se bifurcan a la hora de hablar de popularidad. Apenas salió de la cárcel y se lanzó a la campaña para volver a la presidencia del Brasil, Lula se ubicó al frente de todas las encuestas de intención de voto. En la Argentina, los sondeos previos sumergen a Cristina debajo de casi todos el resto de los apirantes a la Casa Rosada. Y su imagen negativa es la más alta del país junto a la de Alberto Fernández.

    Para llegar a la presidencia del Brasil, Lula designó como su candidato a vicepresidente al ex gobernador de San Pablo, Geraldo Ackmin, un veterano líder del Partido Socialdemócrata Brasileño, simpatizante reconocido del Opus Dei, partidario de las privatizaciones y a quien los lulistas llamaban “picolé de chuchú” (helado de cayote) por su sabor insípido. Un sapo que Lula debió tragarse para ampliar el espectro del voto hacia la derecha. Habrá que ver si Cristina encuentra algún aliado con méritos similares que la pueda acompañar. Su límite, hasta ahora, ha sido el inclasificable peronista formoseño Gildo Insfrán.

    Lula también le hizo un gesto directo a los mercados brasileños y al poderoso lobby empresario de San Pablo. Fue cuando sumó a sus equipos al ex presidente Fernando Henrique Cardoso, un politólogo, filósofo y académico, integrante como Ackmin de la Socilademocracia Brasileña, y a los 91 años considerado el dirigente más prestigioso del Brasil. Hizo dos gobiernos con políticas neoliberales, logró bajar la inflación y venció a Lula en las dos ocasiones en que lo enfrentó. Salvo por esa razón electoral y los laureles universitarios, es como si Cristina hubiera sumado a Carlos Menem, más allá de los votos en el Senado que el riojano le obsequió en un pacto tan evidente como silencioso.

    Poco después del tuit de Cristina que saludaba la victoria de Lula, sorprendió la felicitación de Horacio Rodríguez Larreta. No porque lo hiciera sino por haber sido el primer mensaje entre los dirigentes de la oposición argentina. “Felicitaciones al pueblo hermano de Brasil y, especialmente a Lula, nuevo presidente electo. Necesitamos construir una relación madura entre nuestros países que nos permita potencias las posibilidades de desarrollo”, escribió el Jefe de Gobierno porteño. Su secretario de Relaciones Internacionales, Fernando Straface, ya le había advertido que si ganaba Bolsonaro sería mucho más complicado retomar la agenda entre el Mercosur y la Unión Europea.

    Es que Bolsonaro, con sus gestos polémicos y las bravatas contra el Covid y la preservación ecológica de la Amazonia, se había comprado todos los boletos para ser una molestia en el vínculo de la región con Europa. No tenía diálogo con el francés Emanuel Macron (por razones económicas) ni con el español Pedro Sánchez (por razones ideológicas).

    Y en el congreso reciente de la Fundación Libertad, que lidera el Nobel Mario Vargas Llosa, la diputada liberal por Cataluña, Cayetana Alvarez de Toledo, había ubicado a Bolsonaro entre los populistas indeseables del planeta junto a la italiana Giorgia Meloni, al húngaro Viktor Orban, a sus compatriotas de Vox y al argentino Javier Milei como novedad.

    Esa frontera sutil entre derecha liberal y derecha populista no pasó inadvertida, por ejemplo, para Mauricio Macri. Aunque hubiera preferido seguramente una victoria de Bolsonaro para frenar el entusiasmo kirchnerista, el ex presidente esperó unas horas pero también le envió su felicitación a Lula por las redes sociales.

    Sorprendieron menos, claro, los saludos de los radicales. El gobernador Gerardo Morales y el diputado Facundo Manes felicitaron al ganador poco después de confirmado el triunfo sobre Bolsonaro. El neurocientífico, incluso, había expresado su clara preferencia por Lula en los días previos al ballotage.

    En cambio, Patricia Bullrich prefirió hacer foco en la agenda local y utilizar sus redes sociales para condenar el feroz asesinato del empresario Andrés Blaquier en el conurbano. “Transformaron a la Argentina en un país invivible”, opinó la presidenta del PRO.

    Los que quedaron del lado del derrotado fueron el libertario Milei y el peronista opositor, Miguel Angel Pichetto, quien le había deseado suerte virtualmente a Bolsonaro en la mañana del domingo, cuando todavía reinaba el optimismo en el campamento del presidente brasileño. La derrota por tan escaso margen fue todo un mérito, pero Brasil sostiene los mismos dogmas futboleros que dominan la cultura argentina. Nadie recuerda, dicen en la tribuna, a quienes salieron segundos.

    Cuando ya era la madrugada del domingo, un activista argentino le alcanzó a Lula una gorrita con la leyenda “CFK 2023″ y el ganador de las elecciones se la calzó durante unos segundos para las cámaras. Cristina deberá decidir en las próximas semanas si la estrecha victoria de su amigo es suficiente como para asumir ella el riesgo de convertirse en candidata presidencial con los números negativos que por ahora le devuelven las encuestas.

    El espejo de Lula en el que se mira Cristina conserva cifras que la Vicepresidenta argentina no puede igualar. En sus años de mandato (entre 2003 y 2009), el Brasil cuadruplicó su producto bruto interno (PBI) y redujo casi a la mitad la pobreza, que bajó de casi el 12% al 6,1% según las cifras del Banco Mundial. Esos números cayeron en picada con la gestión de Dilma Rouseff.

    Aún en su estrechez, esta victoria de Lula se produjo por el buen recuerdo que muchos brasileños tienen todavía de su gestión. Algo parecido les sucedió a Cristina y a Alberto Fernández hace tres años. Un 48% de argentinos los votaron por el recuerdo que tenían de las gestiones anteriores. Muchos olvidaron, incluso, que las cifras de la inflación y las de la pobreza habían sido manipuladas por el Indec para construir una falsa realidad.

    Pero ya no hay recuerdos que valgan en la actualidad. Los números espantosos de Cristina y Alberto son los del presente. La pobreza superior al 40% y la inflación que se aproxima con velocidad al 100% en la Argentina están dibujados sobre el espejo de Lula en el que se intenta mirar Cristina. Y no parece haber manera de engañar a ese cristal que se empeña en reflejar únicamente las cifras indestructibles de la decadencia.

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